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martes, 20 de diciembre de 2011

La heroína.

Imaginábamos bombas atómicas, virus mortales inoculados por terroristas suicidas, incluso la propia rebelión de la naturaleza mediante desastres naturales que arrasarían -por fin- con el cambio climático y toda su podredumbre. Quizá la invasión de otros seres, de otros mundos.  Enemigos sabidos y conocidos por el imaginario colectivo. Pero he aquí que la realidad nos sorprende (como casi siempre) y ni sospechábamos siquiera que el enemigo fuese un  conjunto de mercados,  anónimos, aparentemente inocuos; su arma, la más poderosa, esa puta que dirige el mundo: la economía; sus balas, los bienes comunes y ordinarios del día a día: monedas, materias primas, deudas, créditos, viviendas. Nada más y nada menos. Necesitamos un héroe, mejor aún (más acorde a estos tiempos de igualdad), una heroína, que nos devuelva la confianza y nos haga creer (como el anuncio de Coca Cola) que otro mundo es posible. Lo que aún no tengo claro es si será la Merkel o la niña de Rajoy.  

martes, 29 de noviembre de 2011

Hasta el infinito y más allá.



El escritor escribe su libro para explicarse a sí mismo lo que no se puede explicar.
Gabriel García Márquez

Beatriz levantó las persianas de aquel 14 de Noviembre deseando no sentir la luz de un sol que hasta ayer, en las horas del mediodía, aún picaba,  como si el otoño se hubiese olvidado de aquella parte del mundo.  Apenas había luz, asomó su cabeza hasta poder contemplar el cielo. No era un cielo de lluvias. Parecía más bien una enorme losa celestial a punto de desplomarse sobre sus vidas.  Beatriz jamás había visto nada semejante a aquella masa viscosa de marrón sucio cubriéndolo todo.
Como si ya intuyera que su madre quería comunicarse con ella se dirigió al salón, buscó con la mirada el pequeño retrato de su madre. Lo encontró volcado sobre el estante. Al tocar la fotografía en blanco y negro un hálito de inquietud pareció rozarle los dedos. Le preguntó a su madre que qué pasaba pero el retrato sólo le devolvió su eterna y muda sonrisa.  Limpió suavemente el cristal de polvo, comprobó que la patilla del portarretratos no estuviese rota,  lo colocó con cuidado.
Escuchó la débil voz de su hija reclamando el biberón. Abrió la puerta del cuarto infantil y la niña emitió un grito de alegría. Olvidó el marrón sucio del cielo, también el retrato volcado de su madre. Sólo quiso sentir su piel suave, el calor de su mejilla.
Mientras preparaba el biberón percibió lo acelerado de sus movimientos; cuando servía la comida en el tupper de oficina derramó parte de la crema de calabacín y tuvo que estirar y hacer fuerza en los músculos de sus dedos para dominar el temblor que entorpecía su rutina.
Justo antes de salir le asaltó el convencimiento de haber olvidado algo, volvió al salón, no tardó en encontrar el móvil, lo guardó en el bolso; como si un potente imán reclamase su atención se giró por completo, sintió cómo se endurecía su estómago, cómo se tensaban sus venas; el retrato volvía a estar volcado, se acerco a él,  lo posó en su pecho esperando que el roce pudiese revelar palabras no emitidas – mamá pero qué pasa, mándame una señal, no consigo entenderte -  volvió a situarlo en el estante casi con la delicadeza con que se acaricia una antigüedad de enorme valor.
Ya en la calle comprendió que algo no encajaba con un miércoles de noviembre. Tardó unos minutos en advertir la falta de coches, un individuo con mascarilla cruzaba el semáforo, a lo lejos vislumbró a una señora bajo la protección de un ridículo paraguas. Se cruzó con un autobús de la EMT;  entre el vaho de los cristales acertó a ver gente atascada en los pasillos, rostros pegados a los cristales, caras adheridas a sobacos, rodillas clavadas en culos. Aquello otorgó cierta normalidad a la mañana.    
En la oficina un extraño silencio parecía haberse apoderado de los teléfonos, incluso de las conversaciones entre compañeros. Había más asientos vacíos de lo habitual, unos dijeron que tenían fiebre, otros que habían pasado la noche vomitando, los más que sus hijos estaban malos.
Pasó la mañana sin que nadie aludiera a lo insólito de esa masa indescifrable que se había tragado el cielo, como si el no hablar de ello lo hiciese inexistente.  
Fue en el comedor de la oficina, cuando miles de olores se mezclaron en un imposible aroma de comida recalentada y en el telediario Ana Blanco explicaba que expertos de otros países trataban de llegar por tren para poder observar y aportar su experiencia ante un fenómeno ciertamente inusual, desconocido hasta entonces, que los puertos y aeropuertos estaban en alerta, vuelos y travesías cancelados. Concluyó aclarando que al menos no había indicios de que la anómala masa marrón fuera contaminante. Aquello desenterró lo tabú del asunto y unos y otros se enredaron en conversaciones más o menos serias sobre el extraño fenómeno atmosférico. Alguien afirmó que era el principio del fin. Beatriz estuvo tentada de contar que algo raro debía pasar, que su madre había tratado de comunicarse con ella, pero prefirió escuchar, comer y callar.
Llegó tarde a la guardería; dudó si acercarse al centro comercial pues sentía en su interior que no debía emprender aquel trayecto, pero necesitaba leche, cereales, pañales, toallitas y un largo etcétera de cosas para la pequeña, no podía aplazar la compra. Al conectar la llave el coche no quiso arrancar. Probó una segunda vez, el motor reaccionó hasta que en el primer semáforo el coche se caló. Escuchó bocinas impacientes. Quiso cambiar el rumbo  pero una señal de  prohibido le obligó a seguir de frente, rumbo al centro comercial.
Una vez allí tuvo la sensación de estar rodeada de unos pocos  refugiados que buscaban un lugar seguro. Más aún, parecían zombis mirando escaparates sin ver más allá que el reflejo de su propio esqueleto. La niña emitió entonces un grito de sorpresa, tironeó de la manó de Beatriz hasta soltarse y corrió como un pitufo desbocado, atraída por las golosinas que dibujaban los ojos de  Hello Kitty. Sonó entonces el móvil, tardó un rato hasta que sus dedos palparon la pantalla del teléfono. Era Pedro, su marido. Le recordó la cena que tenían por la noche, le preguntó si había avisado a  Carmina, la vecina que de cuando en cuando cuidaba a la niña. Beatriz contestó que ya estaba avisada. Durante unos segundos ninguno habló. Beatriz rompió el silencio y susurró que no sabía, que debería hacer el potaje, que los garbanzos a remojo se iban a pudrir, que si no había visto el cielo, que era horrible, que estaba asustada, que la fotografía de su madre se había volcado dos veces seguidas. Pedro contestó con su pausada voz radiofónica, le explicó que los expertos apuntaban a que era una tormenta del desierto y que la falta de lluvias había condensado polvo y arena entre las nubes secas, que dejara el potaje cociendo y le dijera a Carmina que lo apagase, que les vendría muy bien unas horas para ellos, sin niña, ni llantos, ni cacas, pero colgó sin aludir a la fotografía.
Beatriz buscó a su hija, se dirigió a la tienda de disfraces y golosinas. En los pasillos sólo encontró versiones de Hello Kitty convertida en tarta y piñata y disfraz y mochila y pegatina. Al fondo de la tienda advirtió a una mujer de espaldas. Se acercó a ella, le tocó el hombro. Cuando la mujer se volvió, Beatriz creyó reconocer la mirada de su madre en aquellos ojos desconocidos. Tardó unos segundos en reaccionar, la mujer movió los parpados y la mirada de su madre se desvaneció. Le preguntó si había visto a una niña, muy pequeña, con el pelo rizado, le detalló que llevaba una falda vaquera y una camiseta de Hello Kitty.  La mujer negó con la cabeza sin molestarse en despegar los labios pero Beatriz escuchaba breves ecos de un desasosiego que le hablaba desde que su tripa se empezó abultar que le decía que la niña podía desaparecer o perderse o  irse con otra mamá que robaba hijos ajenos.
Salió al pasillo, miró a ambos lados, torció a la izquierda, escudriñó el siguiente pasillo, se aferraba al bolso como si necesitase abrazar algo, giraba la cabeza tratando de abarcar ambos pasillos,  la boca se le había secado. Gritó, -Olivia, ¿dónde estás? Volvió a la tienda de golosinas. Gritó otra vez, - Olivia, cariño. Mami te está buscando. ¿Dónde estás?  Alguien tiró entonces de su chaqueta. - Mamá, mira. Mira mamá. Soy Jolity - .
Beatriz mitigó un llanto que ya había empezado a empañar sus ojos, se agachó hasta estar a la altura de su hija, le quitó la careta de Hello Kitty,  la abrazó fuerte hasta que la niña emitió un quejido, luego otro. Se separó de su hija, levantó el dedo en un gesto de autoridad y miró fijamente a la pequeña, se esforzó en encontrar un tono severo,  le dijo que no volviera a alejarse de su lado. Que podía perderse. ¿Me has entendido? La niña movió la cabeza con gesto afirmativo. Volvió a abrazar el cuerpo diminuto y comprendió entonces el vértigo de los padres amputados.
Sudaba, a duras penas podía arrastrar el carro por los pasillos del enorme parking que ahora se daba cuenta de lo vacío que estaba. Un absurdo pensamiento le llevó a lógica conclusión de que no era nada probable que los zombies condujeran; aquello le hizo sonreír.  Al salir del parking volvió a observar el cielo, sintió algo parecido a una incierta claustrofobia, como si la densa losa estuviese cada vez más cerca cerrando el espacio que separaba el cielo y la tierra.
En un primer momento no se atrevió. Primero se entretuvo en preparar el potaje, lo dejó a fuego lento. Cocinó un puré para la niña. A ratos se asomaba y miraba al cielo. La masa marrón se iba oscureciendo conforme llegaba la noche hasta que todo se convirtió en un negro espeso, no había estrellas, ni nubes ni luna ni luces de aviones, sólo un cielo tan oscuro que no parecía cielo, era más bien irreal, casi se diría que formaba parte de algún decorado.  Después jugó un rato al escondite, las risas de su hija la animaron y se sintió con fuerza para dirigirse hacia el retrato su madre. Una brisa de confianza acarició sus nervios al  comprobar que seguía de pie. Beatriz  entendió aquello como la  señal definitiva de que en casa estaría a salvo. Avisó a Carmina del cambio de planes, al final no salía, no se encontraba bien, le dijo; no le explicó que la fotografía de su madre se había volcado repetidas veces, como ya ocurriera cuando murió su padre, o como cuando su marido tuvo el accidente, o cuando descubrieron la enfermedad de la niña, que era evidente que su madre quería alertarle de algo.
No consiguió convencer a Pedro, incluso discutieron, su marido restó importancia al detalle de que el retrato apareciera volcado cada vez que sucedía una desgracia, la acusó de estar obsesionada con su madre muerta, de vivir entre fantasmas, lo achacó a un golpe de aire o de la gata o a un fallo en la patilla del retrato. Ella le mandó a tomar por culo y no dijo una palabra más.
Beatriz preparó una cena rápida. Echó más agua al potaje. Le dio unas vueltas, lo probó. Añadió algo de sal. Miró el reloj para hacer un cálculo del tiempo que le quedaba. Hacia las 23.30 estaría preparado, el tiempo justo para cenar y ver una película, por fin, en versión original. A su marido le gustaba verlas dobladas. Terminó de cenar e hizo zapping hasta encontrar una película de humor que aliviase la tensión de  aquella noche negra.
Pero a mitad de película a Beatriz se le cerraban los ojos y se adentró en una congregación de rostros desconocidos, semblantes demacrados de ojos hundidos, miradas tristes y ese olor, ese olor a crematorio que parecía haberse perpetuado en su recuerdo incluso dormida. Escuchó un fuerte golpe, ruido de cristales.  Beatriz saltó del sofá, casi se corta con los cristales que antes cubrían el retrato de su madre, desparramados ahora por el suelo, la fotografía la observaba desde el suelo, sin perder su eterna y muda sonrisa; la recogió, volvió a colocársela sobre el pecho, miró el móvil, no había llamadas perdidas, consultó la hora y pensó que su marido debería haber vuelto, que ya debería estar allí. Reconoció el olor. Como si el crematorio se hubiera instalado allí. En algún cuarto del piso.
Escuchó toses. Cruzó el pasillo casi a trompicones. El olor a quemado lo impregnaba todo. Un denso humo le irritó los ojos. Beatriz abrió la habitación de su hija. La niña lloraba, tosía, gritaba mamá, mami. Frente a su puerta pudo ver la cocina. Escuchó el chisporroteo de las llamas. Corrió con la niña hasta la terraza. La dejó allí, sola en la negra noche.  Cogió una toalla del baño, el fuego devoraba ya el asa de la olla, comenzaba a quemar la campana, su hija gritaba -mama, no te vayas, mami, no te vayas -.  Tiró la toalla sobre el puchero sepultando la llama. Apagó el gas. Abrió todas las ventanas  y volvió a la terraza. Abrazó a su hija, y le dijo cuánto te quiere mamá; hasta el infinito y más allá, contestó la niña abriendo sus brazos y abalanzándose sobre el pecho de Beatriz.

lunes, 24 de octubre de 2011

Te está mirando.

Te está mirando.   

Tengo un ojo omnipresente:   veo a Maroto en el Camp Nou y a Pedro escuchando Vetusta Morla,  leo que Verónica estrena conjunto de lencería, (sé hasta el color, es  rojo) y que Natalia está en una reunión a punto de dormirse y que Mónica tiene resaca; contemplo un video del hijo de Roberto aprendiendo a andar, sigo paso a paso el verano de Willy y descubro  fotos de mi propia hija (que aún no ha cumplido dos años) en álbumes de amigos que no conozco.  

Nosotros, que apenas hace días entendíamos la intimidad  como un tesoro privado que sólo compartíamos con un puñado de elegidos,  los mismos nosotros,  publicamos ahora archivos de vida privada a cambio de un ojo con el que fisgonear vidas ajenas.  Nosotros, 500 millones de individuos cotillas, engordamos al ente de Orwell con el solomillo de uno mismo: nuestra individualidad.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Estúpidos cedés

Estúpidos cedés.
Cruzaron la puerta de la última habitación, ella aferrada a él, con cierto temor infantil ante lo desconocido; él, esperando ansioso un gesto de asombro. Ella agitó las pestañas con tanto ardor que a él le recordó al aleteo de  las mariposas. Aún  tardó unos minutos en recorrer las hileras de cedés; respiraba y abría la boca sin poder pronunciar más que tímidos suspiros o murmullos de admiración.
Él dejó que ella contemplara su tesoro en silencio, como si estuvieran asistiendo a la revelación del milagro de la música. Lentamente, comenzó a desvelar el orden oculto de las hileras de cedés. Ella posaba su mirada en la interminable colección de música, después, casi con ligero desmayo en el rostro de él (detalle que él interpretó como indicio de una gran pasión).
Iniciaron aquel día un largo viaje recorriendo los ritmos de toda una vida, la de él: bailaron el pop de R.E.M y La Mode; soñaron, hicieron el amor y fumaron marihuana en Woodstook; lamieron cada rincón de sus cuerpos con Bowie; descorcharon secretos con los Who; repasaron la adolescencia con  Kaka de Lux y pintaron un futuro colorista con James.
La noche de la música negra él lo dispuso todo con esmeró pues intuía que aquella sería una sesión mágica: preparó mojitos siguiendo la receta de un amigo cubano, rodeó los estantes de velas e inciensos y tardó casi un día entero en preparar su exclusiva selección de música.  Con “A man needs a woman” de James Carr rozaron lo eterno de la música; con Etta James se destaparon en ella ciertos instintos sexuales desconocidos incluso para ella misma e hicieron el amor con tal dedicación que todo atisbo de duda desapareció sin más y la ilusión de estar hecho el uno para el otro se vistió con evidencia de auténtico. 
El día de los cantautores él exhibió su corazón de poeta y demostró que también sabía llorar.  La noche del rock ella descubrió los efectos del MDMDA y descargó miedos e inseguridades a golpe de batería y solos de guitarra con tal ímpetu que se hizo daño en las muñecas; entonces él, con toda la ternura que pudo extraer de entre sus fibras solitarias, la rodeó con sus brazos de héroe de algún anónimo cuento musical.  
Poco tardaron en fundir sus vidas en una y ella se mudó a la casa de él a ritmo de grupos alternativos de todos los rincones de un mundo tan amplio que casi se pierden con Aterciopelados entre los bultos amontonados de ella, desperdigados por el suelo de las habitaciones, sin pertenecer todavía al espacio común.
Durante meses convivieron con cajas llenas de objetos inútiles: apuntes de universidad, cartas de cuando se escribía a mano y las noticias tardaban semanas en llegar o zapatos y bolsos que llevaban años sin usarse o libros que no leerían nunca; hasta que ella comprendió que debía deshacerse de sus cosas caducas para dejar sólo lo imprescindible, lo realmente necesario, como la colección de cedés. 
Las primeras navidades que pasaron juntos alguien les regaló un Ipod. Y él pasó largas jornadas grabando en mp3  toda su música sin intuir siquiera que su colección de cedés ya no volvería a ser abierta nunca, ni siquiera en los días de visita.
Poco después Spotify se había instalado en sus ordenadores como único equipo de música, incluso el Ipod quedó mudo en un cajón y ya sólo sonaba en los viajes. 
La evolución lógica de la pareja (o al menos así pensaban ellos), les llevó a ampliar la familia con  un bebé que generó una nueva serie de sonidos: llantos, nanas, Cantajuegos y melodías de Disnney  que pronto implantaron su dictadura musical, acallando los otros ritmos de toda una vida. Poco después, se entregaron en cuerpo y alma a la búsqueda de un hermano para el bebé y con el nuevo embarazo ella sugirió que se deshiciera de la colección de cedés, que ya no se usaban; - son restos arqueológicos de un pasado malogrado - dijo; - sólo sirven para contaminar el espacio de polvo -  añadió.
En un momento de soledad él entró en la última habitación de la casa. Recorrió con el dedo varios estantes y se posó en la quinta de las 16 baldas que rodeaban las paredes del suelo al techo como una coraza sin fisuras.  Buscó el lomo de “Document”, sus dedos limpiaron el polvo de la carátula, lo abrió. Leyó la letra de Michael Stipe: “Great moments in Spain. Don´t forget to tell me the mojito secret”.  Era el año 1990, él trabajaba en Warner Music y más por su admiración hacia Stipe que por su inglés, le encargaron dirigir el plan de promoción de R.E.M. Recorrían el pasillo central de la estación de Atocha (no recuerda si iban o volvían), recuerda que repasaban horarios de ensayos, entrevistas y conciertos. Vieron a un chaval sentado, enfrascado en la lectura de una biografía de R.E.M, entonces Michael se deslizó con cautela para colocarse a un par de centímetros del muchacho y ya no dejó de observarle fijamente hasta que el muchacho, molesto, levantó la cabeza para encontrarse frente a la cara sonriente de Stipe. El chico casi se cae del susto, se frotó los ojos, tocó el rostro de Stipe como un niño acaricia la mejilla de un rey mago, el libro se escurrió entre sus piernas, Michael lo recogió y sacó un bolígrafo, escribió una frase que sólo el muchacho leyó. Entonces el muchacho sonrió. Y él no recuerda haber visto en su vida una sonrisa más feliz, no, no lo recuerda.    
Ese mismo día también él le pidió a Stipe que le firmase el único disco de R.E.M que llevaba a mano,  Document”. Sería la primera y la última vez que pidiera un autógrafo, en realidad, poco o mejor dicho nada le importaban las firmas de los famosos. Él tenía las vivencias en su propia piel, trocitos de artistas formaban parte de su ser, como aquel recuerdo de la estación de Atocha.
Pasó un tiempo en que se paraba en la puerta de la última habitación de la casa, sin atreverse a cruzar el umbral, como si el miedo a no poder hacerlo paralizase sus pasos. Había construido con sus manos aquellas baldas perfectas, a medida, para su colección de cedés, para sus trocitos de vida; ella parecía ahora incapaz de entender, apenas recordaba aquel primer día en que inició el largo viaje por los ritmos de toda una vida, la de él. Ahora sólo le importaba construir un nido para sus pequeños, arañar espacios para cunas, calcetines, bodys, chupetes, pañales, cremas, calienta biberones, peluches y sonajeros.
En el hospital, entre contracciones y sudores, casi a punto de dar a luz al segundo retoño, la insinuación se tornó en exigencia:   - Cuando vuelva a casa no quiero ver uno sólo de tus estúpidos cedés. Lo dijo cómo si los cedés tuvieran la culpa del dolor que desgarraba su útero,  con ese tono de sargento que él ya había empezado a aborrecer. Como si pudiera leer su mente añadió: - Cariño, entiéndelo,  necesitamos la habitación libre para cuando los niños sean un poco mayores. No vamos a perder la música, mi amor, podemos oírla en Spotify o en el Ipod. Incluso puedes quedarte con los cedés más especiales, pero sólo esos.
Cuando él volvió a casa lo hizo convencido de que sería la última vez en su vida en admirar su colección de cedés. Le dolía tener que seleccionar, los especiales, había dicho ella, pero ella qué sabía, no sabía nada de su colección de cedés, había tratado de enseñarla, pero a ella ya no le interesaban aquellas carátulas que contenían trocitos de vida, sólo le interesaba el espacio, el espacio vacío y limpio de polvo para llenarlo de sonajeros, peluches que cantan y ríen y lloran o tiovivos de plástico que entonan canciones populares. Así que volvió a pararse en la puerta de la habitación pero no se atrevió a cruzar el umbral tampoco ese día, ni después de que ella guardara sus cosas todas y las de los retoños todas para dejarle solo con su colección de cedés y los ritmos repetidos de toda una vida, la de él.


lunes, 16 de mayo de 2011

OJALA TE MUERAS

Ojalá te mueras.
Hacia las tres de la tarde volvíamos a casa. La mesa estaba a medio poner pero no vimos a la abuela ultimando detalles como solía ser lo habitual, o sentada a la sombra del patio interior junto a la fresca de las plantas. Mi madre la llamó con ese tono de cordero lamido que sólo utiliza con la abuela. Cuando lo oigo me avergüenzo de mi madre, es como si su personalidad se evaporara y desapareciera casi, dejando únicamente recortes de una voluntad sometida. A mí me gusta esa otra voz con la que habla en casa y que lo llena todo de dulce.
Todos nos pusimos a buscar a la abuela. No quería ser yo quien la encontrara. Por eso entré en su cuarto, sabiendo muy bien que sólo había muebles en la habitación. Tampoco deseaba que fuese mamá quién la encontrara, pero no podía hacer nada más que rogar que no fuese ella, por favor, por favor, que no sea mamá.
Pasaron varios minutos. No convenía que me quedase más tiempo en la habitación de la abuela, de un vistazo se notaba que allí no había nadie. Pensé subir a la azotea, apenas puse el pie en el primer escalón escuché gritar al tío.
- ¡Mamá!, ¡mamá!, ¡dios mío, dios mío!, ¡qué horror!
Hubo más gritos y después oí a mamá que decía que no venga la niña, dios mío, no dejéis que la niña vea esto.
Mi madre llamó a la policía. Le temblaba la voz. Estaba pálida. El resto tenía cara de circunstancias. Mamá me abrazaba y yo me agarraba a su cintura pensando en mantener la calma. Debía llorar. Los niños lloran cuando sus abuelos mueren.  Mantuve los ojos abiertos, fijos en un punto del  pareo de flores verdes de mi madre. Sin pestañear. Noté cómo mis ojos se encharcaban, pero no lograba formar lágrimas de verdad. Mamá me sujetó las mejillas con ambas manos. – No llores, mi amor-  dijo, casi gimiendo. - La abuelita se ha ido al cielo con el abuelito -  añadió. Y miró al techo, cómo si esperase verles juntos, sentados en algún banco de la eternidad. Sonó el timbre y supuse que sería la policía. Noté que la culpa me estrangulaba, me abracé más fuerte a la cintura de mi madre. Sólo tenía que decir que había ido a casa para ir al baño, que estaba con mamá y con la tía Isabel en la playa y que como los servicios del chiringuito me daban asco tuve que ir a casa y que la abuela estaba allí. Viva. Poniendo la mesa. Sólo eso tenía que decir.
Llegaron tres policías. Papá y el tío les llevaron al baño. Cerraron la puerta. Yo seguía abrazada a mamá repitiéndome que los servicios del chiringuito me daban asco, y que por eso había ido al baño de casa, a la una y media, qué sabía yo qué hora era. No tenía reloj. La abuela me habría dicho algo, cualquier cosa.  Tenía que pensar rápido. Fui al baño y volví corriendo a la playa. Unas palabras, la paella, el arroz que se pasa. La abuela quería que volviésemos a las tres que la paella se pasaba, que no nos despistáramos, que ya era la una y media. Eso había dicho la abuela. Sólo eso tenía que decir. Era fácil.
Mamá se inclinó hacia mí, me dijo que la policía tenía que hablar conmigo.  Asentí levemente tratando de que no se notase el flujo nervioso de mis pensamientos. Pero me aterré. Me aterré de verdad. Aquellos policías podrían verlo en mis ojos, las pupilas se harían grandes, enormes, y ellos traducirían el lenguaje de mis ojos o quizás pudieran escuchar el sordo lamento de la culpa y rompí a llorar, con hipos y mocos.
-          Pobrecita – decían todos.
-          Esto es un trauma para la niña- dijo papá.
Uno de los policías apuntó que me dieran agua, dijo que tenían que hablar conmigo pero que sería mejor que me calmara antes de hablar con ellos.
Alguien me trajo un vaso de agua fría. Tragué varias veces, tratando de imaginar la lógica de una nieta que acaba de perder a su abuela querida.
Qué tontería, nadie podría leer mis ojos, nadie podía escuchar el sordo lamento de la culpa. Nadie. Quise ir al baño. Me dejaron ir sola. Al otro baño, claro. El baño donde estaba la abuela permanecía cerrado, uno de los policías custodiaba la puerta, estaba quieto, muy serio, demasiado recto, me pareció que estaba viendo el decorado de alguna serie española, todo parecía tan de mentira.
Ya en el baño me miré al espejo, observé detenidamente mis pupilas. Tenía los ojos enrojecidos, pero no encontré nada raro en mis pupilas, tampoco en mi expresión, de susto, lo normal, dadas las circunstancias.  Todo era de mentira y yo era una actriz. Con un papel tan fácil. Hice un mohín frente al espejo, ensayé la cara de tristeza, esa que se me da tan bien. Me vi perfecta. Qué tontería,  nadie podía leerme los ojos, nadie podía escuchar el sordo lamento de la culpa. Nadie. Tiré de la cadena, por disimular. Creo que el agua me hizo recordar la imagen de la abuela desnuda, rodeada de sangre, con la cabeza abierta y cerré los ojos. Quise tragarme la culpa pero era una bola enorme que atravesaba mi garganta de lado a lado, pero yo era actriz y tenía un papel tan fácil. Solo tenía que decir que vine al baño, que la abuela ponía la mesa y me dijo que no llegásemos más tarde de las tres que la paella se pasa y que no nos despistáramos que ya era la una y media. Sólo eso tenía que decir, con cara de susto y triste, claro.
Volví al salón. Todos estaban allí, mamá, la tía Isabel, el tío y uno de los policías. Todos menos papá; tampoco estaba el policía más viejo, uno que se parecía un poco a Fernando Fernán Gómez (sé quién es porque es el actor favorito de papá). Siempre dice que es un señor actor de los que ya no hay.  Me acerqué al regazo de mi madre, escondí la cabeza en su pareo de flores verdes. Ella me sujetó las mejillas con sus manos, me miró a los ojos y preguntó que si estaba bien.  Me pareció reconocer cierta alarma en su mirada.
-          La policía tiene que hacerte unas preguntas, ¿vale? Volvió a mirarme a los ojos.
-          ¿Seguro que estás bien cariño?, añadió en bajito.
Quizás mi madre sí podía leer mis ojos o percibir cómo la culpa se me había hecho bola y no podía tragarla. Ella me conoce. Mejor incluso que yo misma.
Volví a esconderme entre las flores verdes de su pareo, olían a mar, a restos de algas mojadas y a sal seca, murmuré casi sin voz que estaba triste, que me daba mucha pena la abuelita y gemí. Mamá me abrazó, creo que fue por la intensidad de su abrazo pero supe que no sabía nada, simplemente le dolía verme sufrir.
Tampoco ella podía leer en mis ojos ni escuchar el sordo lamento de la culpa.
Mi madre me cogió de la mano y me llevó al cuarto del fondo. Allí estaba papá con el otro policía, el más mayor, el que se parecía a Fernando Fernán Gómez. Papá me guiñó un ojo, me acarició la cabeza y se marchó de la habitación. Mamá me soltó la mano. Dijo que el señor policía tenía que hacerme unas preguntas, que la llamase si necesitaba algo y cerró la puerta. El señor policía preguntó mi nombre. Le dije que me llamaba Elena.
- Como mi hija -  lo dijo con una sonrisa.
Devolví al señor policía una tímida sonrisa.
Me preguntó que qué había hecho aquella mañana y que cuándo había visto a la abuela por última vez. Le dije que había ido a la playa con mamá y con la tía Isabel, y que como los servicios de los chiringuitos de playa me daban asco tuve que ir a casa. Le dije que la abuela estaba poniendo la mesa y me dijo que no llegásemos más tarde de las tres, que el arroz se pasaba y que no nos despistáramos, que ya era la una y media.  - Eso es lo último que ha dicho la abuela – dije, pero al tiempo que pronunciaba la última frase me di cuenta de que no me había estudiado bien el guión. Ninguna abuela se despediría así de una nieta querida.
-          Lo último –  repitió el policía y me miró fijamente. – Lo último – volvió a decir.
Tuve un tic en el ojo, mi párpado se movía como las alas de una mariposa desorientada,  la bola de culpa seguía atravesada en mi garganta, me impedía respirar bien, casi jadeaba. Balbuceé, pude decir que eso más o menos es lo que dijo, que después me dio un beso y me dijo adiós desde las escaleras.
El señor policía me preguntó si había alguien más en la casa y le dije que no había visto a nadie. Sólo a la abuela. Apuntaba todo en una libreta. Yo miraba de reojo tratando de leer sus notas pero él levantaba ligeramente el cuaderno. Después me preguntó por la familia, si alguien no se llevaba bien con la abuela, si teníamos problemas económicos,  si alguna vez habían discutido  los adultos y ese tipo de cosas.  Respondí con pocas palabras, haciéndome la tonta, pero sobre todo la triste y de cuando en cuando añadía una sonrisa tímida. Y se lo dije, le dije que me recordaba a Fernando Fernán Gómez y que era el actor favorito de papá, entonces otro policía abrió la puerta. – El juez está aquí- dijo.
No sé durante cuánto tiempo estuvo la policía en casa, pero fueron muchas horas.  Se llevaron el cuerpo de la abuela metido en una bolsa gris. No se veía nada. Les costó mucho bajar las escaleras cargando el cuerpo muerto de la abuela.
Por la noche escuché discutir a los adultos. La ventana de mi cuarto da al patio interior y ellos estuvieron en el patio preguntándose unos a otros que dónde habían estado antes de que nos juntásemos todos en la casa. Mi padre dijo que fue a dar un paseo al faro y de paso paró a tomar una cerveza en el chiringuito de María; mi madre dijo que en esos quehaceres no se tardaba una hora. Mi padre respondió que preguntase a María si no se fiaba de él. La tía Isabel y mi madre estuvieron conmigo en la playa, aunque durante un rato la tía Isabel desapareció. Dijo que fue a comprar agua y tabaco. El tío estuvo en el mercado. Mamá le preguntó que a qué fue al mercado, que ya estuvo en el mercado ayer. Entonces el tío gritó. Dijo que teníamos que confiar unos en otros, que para desconfiar ya estaba la policía y que además habría que esperar a la autopsia. Mi madre le respondió que tenía razón. Que tenía que haber sido un accidente, pero que si había sido un accidente por qué nos habían interrogado a todos. - A la policía la has llamado tú-  dijo el tío. La tía Isabel dijo que tenían que tranquilizarse,  que este tipo de accidentes se investigan, que si ya no se acordaban de la muerte de Carmina Ordoñez.
Mamá preguntó entonces si no iba a ser un trauma para mí. Papá dijo que tranquila, que los niños lo olvidan todo. Mamá contestó que ya no era tan niña.
Papá preguntó si querían tomar algo. Escuché ruidos de botellas y hielos.
Entonces el tío lo dijo. Dijo que no hay mal que por bien no venga, que con la herencia el dinero ya no era problema.
Mamá dijo que no era momento de hablar de eso.
Pero el tío insistió y dijo que podía seguir en paro que ya no le preocupaban ni la hipoteca ni las universidades de los niños ni el poder tomarse una caña los sábados, que al menos ya podía volver a enfrentarse a la vida.
Mamá le dijo que se callara que todos sabían lo mal que lo estaba pasando pero que no era momento de hablar de herencias. Aún no.
Después de eso he debido dormirme.
Dos días después tuvimos que irnos a Madrid, a enterrar a la abuela. Se acabaron las vacaciones y la playa. Mamá y el tío estuvieron muy liados, viendo a señores con trajes y corbatas, haciendo cajas en casa de la abuela, firmando papeles, contestando al teléfono, llamando a bancos, seguros y familiares lejanos.  
Después de enterrarla hicimos un viaje a Roma con los miles de euros que tenía la abuela en la cuenta del banco. Sólo el tío se atrevió a decir que aquellos miles de euros demostraban que eso de que no le llegaba el dinero a fin de mes era mentira. Mamá le dijo que no hablara mal de los muertos.
La abuela siempre se lamentaba de no haber conocido Roma, decía que era uno de sus mayores dolores. Por eso fuimos a Roma, fue casi como cumplir una última voluntad. Mamá me compró unos zapatos italianos en una tienda carísima. Ana se compró un traje de chaqueta. Mamá y la tía Isabel se dieron un tratamiento de belleza en un sitio de lujo. Dormimos en un hotel increíble, en el centro de Roma, con jacuzzi en la habitación.  He decidido que me gusta esto de ser rica, aunque no siempre, sólo a ratos. Si me acostumbro creo que ya no lo disfrutaría tanto. Se lo he dicho a mamá y me ha tranquilizado. Dice que no somos ricos, que podemos vivir un poco mejor que antes, pero nada más. Dice que el viaje sólo ha sido para olvidarnos un poco de la tristeza de los últimos días.
Hoy ha llamado la policía, le han dicho a mi madre que la muerte de la abuela es un caso cerrado. Que no hubo crimen ni misterio. Que parece que resbaló, se dio un golpe fatal en la cabeza, que perdió mucha sangre, que había sido muy mala suerte que no hubiera nadie en casa para socorrerla. Sólo eso, mala suerte.
Una explicación que es exactamente lo que ocurrió excepto un pequeño detalle.
Aquella mañana, cuando fui al baño de casa porque los servicios de los chiringuitos me daban asco, te oí gritar en el baño, abuela. Pero yo esperé y esperé hasta que dejaste de gritar. Cuando entré en el baño creo que ya estabas muerta, con la cabeza abierta, desangrada supongo. Y volví a la playa, y no le dije nada a nadie, por si acaso sólo te habías desmayado, dejé pasar el tiempo, rezando: -¡ojalá te mueras, abuela! -