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miércoles, 14 de septiembre de 2011

Estúpidos cedés

Estúpidos cedés.
Cruzaron la puerta de la última habitación, ella aferrada a él, con cierto temor infantil ante lo desconocido; él, esperando ansioso un gesto de asombro. Ella agitó las pestañas con tanto ardor que a él le recordó al aleteo de  las mariposas. Aún  tardó unos minutos en recorrer las hileras de cedés; respiraba y abría la boca sin poder pronunciar más que tímidos suspiros o murmullos de admiración.
Él dejó que ella contemplara su tesoro en silencio, como si estuvieran asistiendo a la revelación del milagro de la música. Lentamente, comenzó a desvelar el orden oculto de las hileras de cedés. Ella posaba su mirada en la interminable colección de música, después, casi con ligero desmayo en el rostro de él (detalle que él interpretó como indicio de una gran pasión).
Iniciaron aquel día un largo viaje recorriendo los ritmos de toda una vida, la de él: bailaron el pop de R.E.M y La Mode; soñaron, hicieron el amor y fumaron marihuana en Woodstook; lamieron cada rincón de sus cuerpos con Bowie; descorcharon secretos con los Who; repasaron la adolescencia con  Kaka de Lux y pintaron un futuro colorista con James.
La noche de la música negra él lo dispuso todo con esmeró pues intuía que aquella sería una sesión mágica: preparó mojitos siguiendo la receta de un amigo cubano, rodeó los estantes de velas e inciensos y tardó casi un día entero en preparar su exclusiva selección de música.  Con “A man needs a woman” de James Carr rozaron lo eterno de la música; con Etta James se destaparon en ella ciertos instintos sexuales desconocidos incluso para ella misma e hicieron el amor con tal dedicación que todo atisbo de duda desapareció sin más y la ilusión de estar hecho el uno para el otro se vistió con evidencia de auténtico. 
El día de los cantautores él exhibió su corazón de poeta y demostró que también sabía llorar.  La noche del rock ella descubrió los efectos del MDMDA y descargó miedos e inseguridades a golpe de batería y solos de guitarra con tal ímpetu que se hizo daño en las muñecas; entonces él, con toda la ternura que pudo extraer de entre sus fibras solitarias, la rodeó con sus brazos de héroe de algún anónimo cuento musical.  
Poco tardaron en fundir sus vidas en una y ella se mudó a la casa de él a ritmo de grupos alternativos de todos los rincones de un mundo tan amplio que casi se pierden con Aterciopelados entre los bultos amontonados de ella, desperdigados por el suelo de las habitaciones, sin pertenecer todavía al espacio común.
Durante meses convivieron con cajas llenas de objetos inútiles: apuntes de universidad, cartas de cuando se escribía a mano y las noticias tardaban semanas en llegar o zapatos y bolsos que llevaban años sin usarse o libros que no leerían nunca; hasta que ella comprendió que debía deshacerse de sus cosas caducas para dejar sólo lo imprescindible, lo realmente necesario, como la colección de cedés. 
Las primeras navidades que pasaron juntos alguien les regaló un Ipod. Y él pasó largas jornadas grabando en mp3  toda su música sin intuir siquiera que su colección de cedés ya no volvería a ser abierta nunca, ni siquiera en los días de visita.
Poco después Spotify se había instalado en sus ordenadores como único equipo de música, incluso el Ipod quedó mudo en un cajón y ya sólo sonaba en los viajes. 
La evolución lógica de la pareja (o al menos así pensaban ellos), les llevó a ampliar la familia con  un bebé que generó una nueva serie de sonidos: llantos, nanas, Cantajuegos y melodías de Disnney  que pronto implantaron su dictadura musical, acallando los otros ritmos de toda una vida. Poco después, se entregaron en cuerpo y alma a la búsqueda de un hermano para el bebé y con el nuevo embarazo ella sugirió que se deshiciera de la colección de cedés, que ya no se usaban; - son restos arqueológicos de un pasado malogrado - dijo; - sólo sirven para contaminar el espacio de polvo -  añadió.
En un momento de soledad él entró en la última habitación de la casa. Recorrió con el dedo varios estantes y se posó en la quinta de las 16 baldas que rodeaban las paredes del suelo al techo como una coraza sin fisuras.  Buscó el lomo de “Document”, sus dedos limpiaron el polvo de la carátula, lo abrió. Leyó la letra de Michael Stipe: “Great moments in Spain. Don´t forget to tell me the mojito secret”.  Era el año 1990, él trabajaba en Warner Music y más por su admiración hacia Stipe que por su inglés, le encargaron dirigir el plan de promoción de R.E.M. Recorrían el pasillo central de la estación de Atocha (no recuerda si iban o volvían), recuerda que repasaban horarios de ensayos, entrevistas y conciertos. Vieron a un chaval sentado, enfrascado en la lectura de una biografía de R.E.M, entonces Michael se deslizó con cautela para colocarse a un par de centímetros del muchacho y ya no dejó de observarle fijamente hasta que el muchacho, molesto, levantó la cabeza para encontrarse frente a la cara sonriente de Stipe. El chico casi se cae del susto, se frotó los ojos, tocó el rostro de Stipe como un niño acaricia la mejilla de un rey mago, el libro se escurrió entre sus piernas, Michael lo recogió y sacó un bolígrafo, escribió una frase que sólo el muchacho leyó. Entonces el muchacho sonrió. Y él no recuerda haber visto en su vida una sonrisa más feliz, no, no lo recuerda.    
Ese mismo día también él le pidió a Stipe que le firmase el único disco de R.E.M que llevaba a mano,  Document”. Sería la primera y la última vez que pidiera un autógrafo, en realidad, poco o mejor dicho nada le importaban las firmas de los famosos. Él tenía las vivencias en su propia piel, trocitos de artistas formaban parte de su ser, como aquel recuerdo de la estación de Atocha.
Pasó un tiempo en que se paraba en la puerta de la última habitación de la casa, sin atreverse a cruzar el umbral, como si el miedo a no poder hacerlo paralizase sus pasos. Había construido con sus manos aquellas baldas perfectas, a medida, para su colección de cedés, para sus trocitos de vida; ella parecía ahora incapaz de entender, apenas recordaba aquel primer día en que inició el largo viaje por los ritmos de toda una vida, la de él. Ahora sólo le importaba construir un nido para sus pequeños, arañar espacios para cunas, calcetines, bodys, chupetes, pañales, cremas, calienta biberones, peluches y sonajeros.
En el hospital, entre contracciones y sudores, casi a punto de dar a luz al segundo retoño, la insinuación se tornó en exigencia:   - Cuando vuelva a casa no quiero ver uno sólo de tus estúpidos cedés. Lo dijo cómo si los cedés tuvieran la culpa del dolor que desgarraba su útero,  con ese tono de sargento que él ya había empezado a aborrecer. Como si pudiera leer su mente añadió: - Cariño, entiéndelo,  necesitamos la habitación libre para cuando los niños sean un poco mayores. No vamos a perder la música, mi amor, podemos oírla en Spotify o en el Ipod. Incluso puedes quedarte con los cedés más especiales, pero sólo esos.
Cuando él volvió a casa lo hizo convencido de que sería la última vez en su vida en admirar su colección de cedés. Le dolía tener que seleccionar, los especiales, había dicho ella, pero ella qué sabía, no sabía nada de su colección de cedés, había tratado de enseñarla, pero a ella ya no le interesaban aquellas carátulas que contenían trocitos de vida, sólo le interesaba el espacio, el espacio vacío y limpio de polvo para llenarlo de sonajeros, peluches que cantan y ríen y lloran o tiovivos de plástico que entonan canciones populares. Así que volvió a pararse en la puerta de la habitación pero no se atrevió a cruzar el umbral tampoco ese día, ni después de que ella guardara sus cosas todas y las de los retoños todas para dejarle solo con su colección de cedés y los ritmos repetidos de toda una vida, la de él.


8 comentarios:

  1. Mutación natural femenina. Pobre hombre!

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  2. Elena, brillante, atrapa desde el inicio, queda ese regusto a final rapido y la selección de musica ...grande muy grande, contenida en sexo, no hay que ser explicita para materializarlo.

    Y suena autobiografica,

    Enhorabuena!

    Papá Pitufo (Pablo)

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  3. Cachis... espero que al menos tuviera vinilos ;)
    Besos
    Pepe

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  4. Esa música y ese ammbiente me trae recuerdos de hace años. Jesús, cómo pasa el tiempo.

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