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martes, 29 de noviembre de 2011

Hasta el infinito y más allá.



El escritor escribe su libro para explicarse a sí mismo lo que no se puede explicar.
Gabriel García Márquez

Beatriz levantó las persianas de aquel 14 de Noviembre deseando no sentir la luz de un sol que hasta ayer, en las horas del mediodía, aún picaba,  como si el otoño se hubiese olvidado de aquella parte del mundo.  Apenas había luz, asomó su cabeza hasta poder contemplar el cielo. No era un cielo de lluvias. Parecía más bien una enorme losa celestial a punto de desplomarse sobre sus vidas.  Beatriz jamás había visto nada semejante a aquella masa viscosa de marrón sucio cubriéndolo todo.
Como si ya intuyera que su madre quería comunicarse con ella se dirigió al salón, buscó con la mirada el pequeño retrato de su madre. Lo encontró volcado sobre el estante. Al tocar la fotografía en blanco y negro un hálito de inquietud pareció rozarle los dedos. Le preguntó a su madre que qué pasaba pero el retrato sólo le devolvió su eterna y muda sonrisa.  Limpió suavemente el cristal de polvo, comprobó que la patilla del portarretratos no estuviese rota,  lo colocó con cuidado.
Escuchó la débil voz de su hija reclamando el biberón. Abrió la puerta del cuarto infantil y la niña emitió un grito de alegría. Olvidó el marrón sucio del cielo, también el retrato volcado de su madre. Sólo quiso sentir su piel suave, el calor de su mejilla.
Mientras preparaba el biberón percibió lo acelerado de sus movimientos; cuando servía la comida en el tupper de oficina derramó parte de la crema de calabacín y tuvo que estirar y hacer fuerza en los músculos de sus dedos para dominar el temblor que entorpecía su rutina.
Justo antes de salir le asaltó el convencimiento de haber olvidado algo, volvió al salón, no tardó en encontrar el móvil, lo guardó en el bolso; como si un potente imán reclamase su atención se giró por completo, sintió cómo se endurecía su estómago, cómo se tensaban sus venas; el retrato volvía a estar volcado, se acerco a él,  lo posó en su pecho esperando que el roce pudiese revelar palabras no emitidas – mamá pero qué pasa, mándame una señal, no consigo entenderte -  volvió a situarlo en el estante casi con la delicadeza con que se acaricia una antigüedad de enorme valor.
Ya en la calle comprendió que algo no encajaba con un miércoles de noviembre. Tardó unos minutos en advertir la falta de coches, un individuo con mascarilla cruzaba el semáforo, a lo lejos vislumbró a una señora bajo la protección de un ridículo paraguas. Se cruzó con un autobús de la EMT;  entre el vaho de los cristales acertó a ver gente atascada en los pasillos, rostros pegados a los cristales, caras adheridas a sobacos, rodillas clavadas en culos. Aquello otorgó cierta normalidad a la mañana.    
En la oficina un extraño silencio parecía haberse apoderado de los teléfonos, incluso de las conversaciones entre compañeros. Había más asientos vacíos de lo habitual, unos dijeron que tenían fiebre, otros que habían pasado la noche vomitando, los más que sus hijos estaban malos.
Pasó la mañana sin que nadie aludiera a lo insólito de esa masa indescifrable que se había tragado el cielo, como si el no hablar de ello lo hiciese inexistente.  
Fue en el comedor de la oficina, cuando miles de olores se mezclaron en un imposible aroma de comida recalentada y en el telediario Ana Blanco explicaba que expertos de otros países trataban de llegar por tren para poder observar y aportar su experiencia ante un fenómeno ciertamente inusual, desconocido hasta entonces, que los puertos y aeropuertos estaban en alerta, vuelos y travesías cancelados. Concluyó aclarando que al menos no había indicios de que la anómala masa marrón fuera contaminante. Aquello desenterró lo tabú del asunto y unos y otros se enredaron en conversaciones más o menos serias sobre el extraño fenómeno atmosférico. Alguien afirmó que era el principio del fin. Beatriz estuvo tentada de contar que algo raro debía pasar, que su madre había tratado de comunicarse con ella, pero prefirió escuchar, comer y callar.
Llegó tarde a la guardería; dudó si acercarse al centro comercial pues sentía en su interior que no debía emprender aquel trayecto, pero necesitaba leche, cereales, pañales, toallitas y un largo etcétera de cosas para la pequeña, no podía aplazar la compra. Al conectar la llave el coche no quiso arrancar. Probó una segunda vez, el motor reaccionó hasta que en el primer semáforo el coche se caló. Escuchó bocinas impacientes. Quiso cambiar el rumbo  pero una señal de  prohibido le obligó a seguir de frente, rumbo al centro comercial.
Una vez allí tuvo la sensación de estar rodeada de unos pocos  refugiados que buscaban un lugar seguro. Más aún, parecían zombis mirando escaparates sin ver más allá que el reflejo de su propio esqueleto. La niña emitió entonces un grito de sorpresa, tironeó de la manó de Beatriz hasta soltarse y corrió como un pitufo desbocado, atraída por las golosinas que dibujaban los ojos de  Hello Kitty. Sonó entonces el móvil, tardó un rato hasta que sus dedos palparon la pantalla del teléfono. Era Pedro, su marido. Le recordó la cena que tenían por la noche, le preguntó si había avisado a  Carmina, la vecina que de cuando en cuando cuidaba a la niña. Beatriz contestó que ya estaba avisada. Durante unos segundos ninguno habló. Beatriz rompió el silencio y susurró que no sabía, que debería hacer el potaje, que los garbanzos a remojo se iban a pudrir, que si no había visto el cielo, que era horrible, que estaba asustada, que la fotografía de su madre se había volcado dos veces seguidas. Pedro contestó con su pausada voz radiofónica, le explicó que los expertos apuntaban a que era una tormenta del desierto y que la falta de lluvias había condensado polvo y arena entre las nubes secas, que dejara el potaje cociendo y le dijera a Carmina que lo apagase, que les vendría muy bien unas horas para ellos, sin niña, ni llantos, ni cacas, pero colgó sin aludir a la fotografía.
Beatriz buscó a su hija, se dirigió a la tienda de disfraces y golosinas. En los pasillos sólo encontró versiones de Hello Kitty convertida en tarta y piñata y disfraz y mochila y pegatina. Al fondo de la tienda advirtió a una mujer de espaldas. Se acercó a ella, le tocó el hombro. Cuando la mujer se volvió, Beatriz creyó reconocer la mirada de su madre en aquellos ojos desconocidos. Tardó unos segundos en reaccionar, la mujer movió los parpados y la mirada de su madre se desvaneció. Le preguntó si había visto a una niña, muy pequeña, con el pelo rizado, le detalló que llevaba una falda vaquera y una camiseta de Hello Kitty.  La mujer negó con la cabeza sin molestarse en despegar los labios pero Beatriz escuchaba breves ecos de un desasosiego que le hablaba desde que su tripa se empezó abultar que le decía que la niña podía desaparecer o perderse o  irse con otra mamá que robaba hijos ajenos.
Salió al pasillo, miró a ambos lados, torció a la izquierda, escudriñó el siguiente pasillo, se aferraba al bolso como si necesitase abrazar algo, giraba la cabeza tratando de abarcar ambos pasillos,  la boca se le había secado. Gritó, -Olivia, ¿dónde estás? Volvió a la tienda de golosinas. Gritó otra vez, - Olivia, cariño. Mami te está buscando. ¿Dónde estás?  Alguien tiró entonces de su chaqueta. - Mamá, mira. Mira mamá. Soy Jolity - .
Beatriz mitigó un llanto que ya había empezado a empañar sus ojos, se agachó hasta estar a la altura de su hija, le quitó la careta de Hello Kitty,  la abrazó fuerte hasta que la niña emitió un quejido, luego otro. Se separó de su hija, levantó el dedo en un gesto de autoridad y miró fijamente a la pequeña, se esforzó en encontrar un tono severo,  le dijo que no volviera a alejarse de su lado. Que podía perderse. ¿Me has entendido? La niña movió la cabeza con gesto afirmativo. Volvió a abrazar el cuerpo diminuto y comprendió entonces el vértigo de los padres amputados.
Sudaba, a duras penas podía arrastrar el carro por los pasillos del enorme parking que ahora se daba cuenta de lo vacío que estaba. Un absurdo pensamiento le llevó a lógica conclusión de que no era nada probable que los zombies condujeran; aquello le hizo sonreír.  Al salir del parking volvió a observar el cielo, sintió algo parecido a una incierta claustrofobia, como si la densa losa estuviese cada vez más cerca cerrando el espacio que separaba el cielo y la tierra.
En un primer momento no se atrevió. Primero se entretuvo en preparar el potaje, lo dejó a fuego lento. Cocinó un puré para la niña. A ratos se asomaba y miraba al cielo. La masa marrón se iba oscureciendo conforme llegaba la noche hasta que todo se convirtió en un negro espeso, no había estrellas, ni nubes ni luna ni luces de aviones, sólo un cielo tan oscuro que no parecía cielo, era más bien irreal, casi se diría que formaba parte de algún decorado.  Después jugó un rato al escondite, las risas de su hija la animaron y se sintió con fuerza para dirigirse hacia el retrato su madre. Una brisa de confianza acarició sus nervios al  comprobar que seguía de pie. Beatriz  entendió aquello como la  señal definitiva de que en casa estaría a salvo. Avisó a Carmina del cambio de planes, al final no salía, no se encontraba bien, le dijo; no le explicó que la fotografía de su madre se había volcado repetidas veces, como ya ocurriera cuando murió su padre, o como cuando su marido tuvo el accidente, o cuando descubrieron la enfermedad de la niña, que era evidente que su madre quería alertarle de algo.
No consiguió convencer a Pedro, incluso discutieron, su marido restó importancia al detalle de que el retrato apareciera volcado cada vez que sucedía una desgracia, la acusó de estar obsesionada con su madre muerta, de vivir entre fantasmas, lo achacó a un golpe de aire o de la gata o a un fallo en la patilla del retrato. Ella le mandó a tomar por culo y no dijo una palabra más.
Beatriz preparó una cena rápida. Echó más agua al potaje. Le dio unas vueltas, lo probó. Añadió algo de sal. Miró el reloj para hacer un cálculo del tiempo que le quedaba. Hacia las 23.30 estaría preparado, el tiempo justo para cenar y ver una película, por fin, en versión original. A su marido le gustaba verlas dobladas. Terminó de cenar e hizo zapping hasta encontrar una película de humor que aliviase la tensión de  aquella noche negra.
Pero a mitad de película a Beatriz se le cerraban los ojos y se adentró en una congregación de rostros desconocidos, semblantes demacrados de ojos hundidos, miradas tristes y ese olor, ese olor a crematorio que parecía haberse perpetuado en su recuerdo incluso dormida. Escuchó un fuerte golpe, ruido de cristales.  Beatriz saltó del sofá, casi se corta con los cristales que antes cubrían el retrato de su madre, desparramados ahora por el suelo, la fotografía la observaba desde el suelo, sin perder su eterna y muda sonrisa; la recogió, volvió a colocársela sobre el pecho, miró el móvil, no había llamadas perdidas, consultó la hora y pensó que su marido debería haber vuelto, que ya debería estar allí. Reconoció el olor. Como si el crematorio se hubiera instalado allí. En algún cuarto del piso.
Escuchó toses. Cruzó el pasillo casi a trompicones. El olor a quemado lo impregnaba todo. Un denso humo le irritó los ojos. Beatriz abrió la habitación de su hija. La niña lloraba, tosía, gritaba mamá, mami. Frente a su puerta pudo ver la cocina. Escuchó el chisporroteo de las llamas. Corrió con la niña hasta la terraza. La dejó allí, sola en la negra noche.  Cogió una toalla del baño, el fuego devoraba ya el asa de la olla, comenzaba a quemar la campana, su hija gritaba -mama, no te vayas, mami, no te vayas -.  Tiró la toalla sobre el puchero sepultando la llama. Apagó el gas. Abrió todas las ventanas  y volvió a la terraza. Abrazó a su hija, y le dijo cuánto te quiere mamá; hasta el infinito y más allá, contestó la niña abriendo sus brazos y abalanzándose sobre el pecho de Beatriz.

4 comentarios:

  1. No es fácil relatar lo cotidiano sin caer en el aburrimiento, y tú lo haces bien entrelazando esos hechos con los sentimientos de maternidad, las relaciones de pareja,las impresiones hostiles de la ciudad o los estados de ánimo. Un saludo.

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  2. La realidad pisas y ella te aplasta,suerte que de ese aplastamiento salen etos relatos.Felicidades madre!

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  3. Genial, me ha encantado. terminaras publicando una novela de misterio.

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