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lunes, 16 de mayo de 2011

OJALA TE MUERAS

Ojalá te mueras.
Hacia las tres de la tarde volvíamos a casa. La mesa estaba a medio poner pero no vimos a la abuela ultimando detalles como solía ser lo habitual, o sentada a la sombra del patio interior junto a la fresca de las plantas. Mi madre la llamó con ese tono de cordero lamido que sólo utiliza con la abuela. Cuando lo oigo me avergüenzo de mi madre, es como si su personalidad se evaporara y desapareciera casi, dejando únicamente recortes de una voluntad sometida. A mí me gusta esa otra voz con la que habla en casa y que lo llena todo de dulce.
Todos nos pusimos a buscar a la abuela. No quería ser yo quien la encontrara. Por eso entré en su cuarto, sabiendo muy bien que sólo había muebles en la habitación. Tampoco deseaba que fuese mamá quién la encontrara, pero no podía hacer nada más que rogar que no fuese ella, por favor, por favor, que no sea mamá.
Pasaron varios minutos. No convenía que me quedase más tiempo en la habitación de la abuela, de un vistazo se notaba que allí no había nadie. Pensé subir a la azotea, apenas puse el pie en el primer escalón escuché gritar al tío.
- ¡Mamá!, ¡mamá!, ¡dios mío, dios mío!, ¡qué horror!
Hubo más gritos y después oí a mamá que decía que no venga la niña, dios mío, no dejéis que la niña vea esto.
Mi madre llamó a la policía. Le temblaba la voz. Estaba pálida. El resto tenía cara de circunstancias. Mamá me abrazaba y yo me agarraba a su cintura pensando en mantener la calma. Debía llorar. Los niños lloran cuando sus abuelos mueren.  Mantuve los ojos abiertos, fijos en un punto del  pareo de flores verdes de mi madre. Sin pestañear. Noté cómo mis ojos se encharcaban, pero no lograba formar lágrimas de verdad. Mamá me sujetó las mejillas con ambas manos. – No llores, mi amor-  dijo, casi gimiendo. - La abuelita se ha ido al cielo con el abuelito -  añadió. Y miró al techo, cómo si esperase verles juntos, sentados en algún banco de la eternidad. Sonó el timbre y supuse que sería la policía. Noté que la culpa me estrangulaba, me abracé más fuerte a la cintura de mi madre. Sólo tenía que decir que había ido a casa para ir al baño, que estaba con mamá y con la tía Isabel en la playa y que como los servicios del chiringuito me daban asco tuve que ir a casa y que la abuela estaba allí. Viva. Poniendo la mesa. Sólo eso tenía que decir.
Llegaron tres policías. Papá y el tío les llevaron al baño. Cerraron la puerta. Yo seguía abrazada a mamá repitiéndome que los servicios del chiringuito me daban asco, y que por eso había ido al baño de casa, a la una y media, qué sabía yo qué hora era. No tenía reloj. La abuela me habría dicho algo, cualquier cosa.  Tenía que pensar rápido. Fui al baño y volví corriendo a la playa. Unas palabras, la paella, el arroz que se pasa. La abuela quería que volviésemos a las tres que la paella se pasaba, que no nos despistáramos, que ya era la una y media. Eso había dicho la abuela. Sólo eso tenía que decir. Era fácil.
Mamá se inclinó hacia mí, me dijo que la policía tenía que hablar conmigo.  Asentí levemente tratando de que no se notase el flujo nervioso de mis pensamientos. Pero me aterré. Me aterré de verdad. Aquellos policías podrían verlo en mis ojos, las pupilas se harían grandes, enormes, y ellos traducirían el lenguaje de mis ojos o quizás pudieran escuchar el sordo lamento de la culpa y rompí a llorar, con hipos y mocos.
-          Pobrecita – decían todos.
-          Esto es un trauma para la niña- dijo papá.
Uno de los policías apuntó que me dieran agua, dijo que tenían que hablar conmigo pero que sería mejor que me calmara antes de hablar con ellos.
Alguien me trajo un vaso de agua fría. Tragué varias veces, tratando de imaginar la lógica de una nieta que acaba de perder a su abuela querida.
Qué tontería, nadie podría leer mis ojos, nadie podía escuchar el sordo lamento de la culpa. Nadie. Quise ir al baño. Me dejaron ir sola. Al otro baño, claro. El baño donde estaba la abuela permanecía cerrado, uno de los policías custodiaba la puerta, estaba quieto, muy serio, demasiado recto, me pareció que estaba viendo el decorado de alguna serie española, todo parecía tan de mentira.
Ya en el baño me miré al espejo, observé detenidamente mis pupilas. Tenía los ojos enrojecidos, pero no encontré nada raro en mis pupilas, tampoco en mi expresión, de susto, lo normal, dadas las circunstancias.  Todo era de mentira y yo era una actriz. Con un papel tan fácil. Hice un mohín frente al espejo, ensayé la cara de tristeza, esa que se me da tan bien. Me vi perfecta. Qué tontería,  nadie podía leerme los ojos, nadie podía escuchar el sordo lamento de la culpa. Nadie. Tiré de la cadena, por disimular. Creo que el agua me hizo recordar la imagen de la abuela desnuda, rodeada de sangre, con la cabeza abierta y cerré los ojos. Quise tragarme la culpa pero era una bola enorme que atravesaba mi garganta de lado a lado, pero yo era actriz y tenía un papel tan fácil. Solo tenía que decir que vine al baño, que la abuela ponía la mesa y me dijo que no llegásemos más tarde de las tres que la paella se pasa y que no nos despistáramos que ya era la una y media. Sólo eso tenía que decir, con cara de susto y triste, claro.
Volví al salón. Todos estaban allí, mamá, la tía Isabel, el tío y uno de los policías. Todos menos papá; tampoco estaba el policía más viejo, uno que se parecía un poco a Fernando Fernán Gómez (sé quién es porque es el actor favorito de papá). Siempre dice que es un señor actor de los que ya no hay.  Me acerqué al regazo de mi madre, escondí la cabeza en su pareo de flores verdes. Ella me sujetó las mejillas con sus manos, me miró a los ojos y preguntó que si estaba bien.  Me pareció reconocer cierta alarma en su mirada.
-          La policía tiene que hacerte unas preguntas, ¿vale? Volvió a mirarme a los ojos.
-          ¿Seguro que estás bien cariño?, añadió en bajito.
Quizás mi madre sí podía leer mis ojos o percibir cómo la culpa se me había hecho bola y no podía tragarla. Ella me conoce. Mejor incluso que yo misma.
Volví a esconderme entre las flores verdes de su pareo, olían a mar, a restos de algas mojadas y a sal seca, murmuré casi sin voz que estaba triste, que me daba mucha pena la abuelita y gemí. Mamá me abrazó, creo que fue por la intensidad de su abrazo pero supe que no sabía nada, simplemente le dolía verme sufrir.
Tampoco ella podía leer en mis ojos ni escuchar el sordo lamento de la culpa.
Mi madre me cogió de la mano y me llevó al cuarto del fondo. Allí estaba papá con el otro policía, el más mayor, el que se parecía a Fernando Fernán Gómez. Papá me guiñó un ojo, me acarició la cabeza y se marchó de la habitación. Mamá me soltó la mano. Dijo que el señor policía tenía que hacerme unas preguntas, que la llamase si necesitaba algo y cerró la puerta. El señor policía preguntó mi nombre. Le dije que me llamaba Elena.
- Como mi hija -  lo dijo con una sonrisa.
Devolví al señor policía una tímida sonrisa.
Me preguntó que qué había hecho aquella mañana y que cuándo había visto a la abuela por última vez. Le dije que había ido a la playa con mamá y con la tía Isabel, y que como los servicios de los chiringuitos de playa me daban asco tuve que ir a casa. Le dije que la abuela estaba poniendo la mesa y me dijo que no llegásemos más tarde de las tres, que el arroz se pasaba y que no nos despistáramos, que ya era la una y media.  - Eso es lo último que ha dicho la abuela – dije, pero al tiempo que pronunciaba la última frase me di cuenta de que no me había estudiado bien el guión. Ninguna abuela se despediría así de una nieta querida.
-          Lo último –  repitió el policía y me miró fijamente. – Lo último – volvió a decir.
Tuve un tic en el ojo, mi párpado se movía como las alas de una mariposa desorientada,  la bola de culpa seguía atravesada en mi garganta, me impedía respirar bien, casi jadeaba. Balbuceé, pude decir que eso más o menos es lo que dijo, que después me dio un beso y me dijo adiós desde las escaleras.
El señor policía me preguntó si había alguien más en la casa y le dije que no había visto a nadie. Sólo a la abuela. Apuntaba todo en una libreta. Yo miraba de reojo tratando de leer sus notas pero él levantaba ligeramente el cuaderno. Después me preguntó por la familia, si alguien no se llevaba bien con la abuela, si teníamos problemas económicos,  si alguna vez habían discutido  los adultos y ese tipo de cosas.  Respondí con pocas palabras, haciéndome la tonta, pero sobre todo la triste y de cuando en cuando añadía una sonrisa tímida. Y se lo dije, le dije que me recordaba a Fernando Fernán Gómez y que era el actor favorito de papá, entonces otro policía abrió la puerta. – El juez está aquí- dijo.
No sé durante cuánto tiempo estuvo la policía en casa, pero fueron muchas horas.  Se llevaron el cuerpo de la abuela metido en una bolsa gris. No se veía nada. Les costó mucho bajar las escaleras cargando el cuerpo muerto de la abuela.
Por la noche escuché discutir a los adultos. La ventana de mi cuarto da al patio interior y ellos estuvieron en el patio preguntándose unos a otros que dónde habían estado antes de que nos juntásemos todos en la casa. Mi padre dijo que fue a dar un paseo al faro y de paso paró a tomar una cerveza en el chiringuito de María; mi madre dijo que en esos quehaceres no se tardaba una hora. Mi padre respondió que preguntase a María si no se fiaba de él. La tía Isabel y mi madre estuvieron conmigo en la playa, aunque durante un rato la tía Isabel desapareció. Dijo que fue a comprar agua y tabaco. El tío estuvo en el mercado. Mamá le preguntó que a qué fue al mercado, que ya estuvo en el mercado ayer. Entonces el tío gritó. Dijo que teníamos que confiar unos en otros, que para desconfiar ya estaba la policía y que además habría que esperar a la autopsia. Mi madre le respondió que tenía razón. Que tenía que haber sido un accidente, pero que si había sido un accidente por qué nos habían interrogado a todos. - A la policía la has llamado tú-  dijo el tío. La tía Isabel dijo que tenían que tranquilizarse,  que este tipo de accidentes se investigan, que si ya no se acordaban de la muerte de Carmina Ordoñez.
Mamá preguntó entonces si no iba a ser un trauma para mí. Papá dijo que tranquila, que los niños lo olvidan todo. Mamá contestó que ya no era tan niña.
Papá preguntó si querían tomar algo. Escuché ruidos de botellas y hielos.
Entonces el tío lo dijo. Dijo que no hay mal que por bien no venga, que con la herencia el dinero ya no era problema.
Mamá dijo que no era momento de hablar de eso.
Pero el tío insistió y dijo que podía seguir en paro que ya no le preocupaban ni la hipoteca ni las universidades de los niños ni el poder tomarse una caña los sábados, que al menos ya podía volver a enfrentarse a la vida.
Mamá le dijo que se callara que todos sabían lo mal que lo estaba pasando pero que no era momento de hablar de herencias. Aún no.
Después de eso he debido dormirme.
Dos días después tuvimos que irnos a Madrid, a enterrar a la abuela. Se acabaron las vacaciones y la playa. Mamá y el tío estuvieron muy liados, viendo a señores con trajes y corbatas, haciendo cajas en casa de la abuela, firmando papeles, contestando al teléfono, llamando a bancos, seguros y familiares lejanos.  
Después de enterrarla hicimos un viaje a Roma con los miles de euros que tenía la abuela en la cuenta del banco. Sólo el tío se atrevió a decir que aquellos miles de euros demostraban que eso de que no le llegaba el dinero a fin de mes era mentira. Mamá le dijo que no hablara mal de los muertos.
La abuela siempre se lamentaba de no haber conocido Roma, decía que era uno de sus mayores dolores. Por eso fuimos a Roma, fue casi como cumplir una última voluntad. Mamá me compró unos zapatos italianos en una tienda carísima. Ana se compró un traje de chaqueta. Mamá y la tía Isabel se dieron un tratamiento de belleza en un sitio de lujo. Dormimos en un hotel increíble, en el centro de Roma, con jacuzzi en la habitación.  He decidido que me gusta esto de ser rica, aunque no siempre, sólo a ratos. Si me acostumbro creo que ya no lo disfrutaría tanto. Se lo he dicho a mamá y me ha tranquilizado. Dice que no somos ricos, que podemos vivir un poco mejor que antes, pero nada más. Dice que el viaje sólo ha sido para olvidarnos un poco de la tristeza de los últimos días.
Hoy ha llamado la policía, le han dicho a mi madre que la muerte de la abuela es un caso cerrado. Que no hubo crimen ni misterio. Que parece que resbaló, se dio un golpe fatal en la cabeza, que perdió mucha sangre, que había sido muy mala suerte que no hubiera nadie en casa para socorrerla. Sólo eso, mala suerte.
Una explicación que es exactamente lo que ocurrió excepto un pequeño detalle.
Aquella mañana, cuando fui al baño de casa porque los servicios de los chiringuitos me daban asco, te oí gritar en el baño, abuela. Pero yo esperé y esperé hasta que dejaste de gritar. Cuando entré en el baño creo que ya estabas muerta, con la cabeza abierta, desangrada supongo. Y volví a la playa, y no le dije nada a nadie, por si acaso sólo te habías desmayado, dejé pasar el tiempo, rezando: -¡ojalá te mueras, abuela! -