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martes, 31 de enero de 2012

De príncipe apuesto a Rey Midas

Ocurrió en un país azotado por la crisis; un país de vocación republicana, donde por extrañas cuestiones históricas un dictador enano reimplantó la monarquía.

Llegaron tiempos aciagos para el pequeño reino que nos ocupa. La crisis ahogaba, el paro forzaba a  los jóvenes a emigrar o aceptar puestos de trabajo con horarios abusivos y sueldos irrisorios mientras sus jefecillos viajaban en coches de empresa, hablaban con iPhones de empresa, comían con cheques de empresa e incluso alguno abusaba de la becaria de empresa. Sucedió entonces que un miembro de la Casa Real  osó robar parte del oro del pueblo. El príncipe apuesto ingenió una burda trama de sociedades destinadas a fines sociales y mediante triquiñuelas financieras se apoderó de ingentes partidas de oro. El oro de enfermos crónicos y niños con cáncer, de hospitales y colegios; de necesitados y barrios pobres, ese oro.

En poco tiempo, la avaricia transformó al gentil príncipe en rey Midas atreviéndose incluso a adquirir un palacete que superaba las posesiones del propio heredero del reino. Aquello insultó al pueblo, irritó a la Casa Real, que le apartó de su lado y le llevó ante la justicia como a cualquier individuo. Para dar ejemplo y sofocar la ira del pueblo.

Pero la indignación ya hacía tiempo que había calado en un pueblo harto de políticos corruptos que salían absueltos mientras jueces honestos eran juzgados, dolido por las  indemnizaciones desorbitadas a quien los había llevado a la ruina, humillado por los desahucios en un reino plagado de viviendas vacías casi podridas de polvo y soledad.  

La población exigía justicia. Querían la cabeza de la princesa, amada esposa del príncipe ladrón. Ella también había comprado el palacete, también era parte de aquellas sociedades, algunos documentos llevaban su firma. Los Reyes quisieron convencer al pueblo de que su pobre hija no podía ser considerada responsable. Sin duda, había sido hechizada por los besos de su amado príncipe haciéndola incapaz de juzgar ni opinar.

Pobre princesa dormida, decían.

A pocos días del juicio, el fiscal, acobardado ante las presiones de sus majestades, no quiso escuchar la voz del pueblo y decidió ni tan siquiera investigar a la princesa. Los habitantes del reino, intuyendo ya que aquel sería otro juicio sin castigo ni justicia, se unieron en un movimiento único, algo desorganizado, a ratos con cierta violencia, pero tan sólido, que nada ni nadie pudo pararles los pies.

Y así, enarbolando la bandera de la república y gritando ¡justicia!, mujeres, hombres, ancianos y niños, todos, salieron a la calle y se apoderaron del Palacio Real. Despojaron a reyes y príncipes de sus absurdas coronas, títulos y privilegios, devolvieron el oro a enfermos crónicos y niños con cáncer, a hospitales y colegios y colocaron la bandera de la república en el punto más alto del reino para que se viera desde todos los rincones del mundo.

Y colorín, colorado, la monarquía en este reino se ha acabado.    

5 comentarios:

  1. ¡Qué bueno! Una forma elegante de reflejar nuestra dura realidad. Me encanta el final a excepción de lo de la bandera.

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  2. ¡¡¡Muy agudo!!! Me temo que el final está muy lejos de la realidad. Espero que el "principito" en la vida real, tenga lo que se merece. Besotes,nena. Silvana

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  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  4. Jajajajajajaja.....es fantástico tocaya! Ojalá la realidad tenga el mismo final feliz que los cuentos!
    Un beso guapa!

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