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martes, 10 de enero de 2012

El sastrecillo valiente


A mis padres.

Poco antes de morir, a mi padre le rondaba la idea de escribir  un cuento titulado
 “El sastrecillo cobarde”.  
Pero no pudo ni tan siquiera empezarlo.
Y me he tomado la libertad de cambiar el título.  


Nunca quiso ser sastre, tenía cualidades suficientes para ser escritor, actor o locutor. Se codeaba entonces con ciertas personalidades del cine. Su voz, sin duda uno de sus tesoros, debutó en varias películas doblando galanes en blanco y negro, colaboró en un par de guiones y se inició como actor secundario en un corto de Garci. Pero el destino ya había escrito un camino para él. Aún adolescente hubo de heredar las riendas del negocio paterno. Le obligaron a estudiar comercio por la tarde, cursos de costura y diseño por la mañana. Entre horas ayudaba en la sastrería para ir tomando el pulso al negocio, decía mi abuelo. Sin cobrar, por supuesto. El abuelo era un tacaño aunque mi abuela insista en que padecía el ansia de acumular de quien ha pasado hambre. Pero esa es otra historia.

Mi padre tenía carisma. Un toque único, más allá de la clase o la galantería, quizá eso que los gitanos llaman duende.  Pertenecía a cierta inusual especie de humanos que conocen la naturaleza de las personas. Confeccionaba relaciones a medida. Como hacía los trajes. Sabía tratar a hombres, mujeres, jóvenes, viejos, príncipes o mendigos, cultos y analfabetos. Ante cualquier interlocutor, él sabía qué teclas pulsar, qué preguntar, qué callar, cuándo sonreír, cuándo hacer una pausa, cuándo abordar el tema con humor o con un exceso de autoridad que quienes le conocíamos sabíamos impostado, robado a los duros de Hollywood que protagonizaron las tardes de sesión continua en los cines del centro, esas dulces tardes de pellas soñando historias y moldeando personajes.

Decía que encajó como guante blanco en el negocio de la alta costura. La sutileza con la que trataba a las damas: novias, madres o suegras, amables y divertidas algunas, discretas pocas, zafias, fofas y maleducadas las más; la paciencia con la que gestionaba impertinentes comentarios sobre el resultado de su trabajo en asuntos complejos como chepas, clientes brazipaticortos, gorduras indeseables o flaquezas extremas; la entereza con la que escuchaba confesiones de probador de futuros novios a dos días de una boda condenada. Tan distinto a la torpeza del abuelo, unas veces por brusca, otras por ridícula.

Poco a poco se fue convirtiendo en un gran sastre, mejor que su maestro. Un día dominó el diseño de patrones, otro día conquistó el secreto de medir hasta la más pulcra exactitud, después aprendió a combinar telas y así se caracterizó de su papel principal, de sastre. Sólo le quedaron pequeños huecos para ensayar el papel de escritor cuando volvía del trabajo, ya tarde, y nos narraba relatos increíbles, con sus múltiples voces que nosotras escuchábamos sin parpadear ni intención alguna de dormir. Hasta que llegaba mi madre. Apagaba la luz y el momento mágico del día, con papá. Nunca nos contó Blancanieves ni La Bella Durmiente. Recuerdo la historia de los extraterrestres de Pozuelo y la historia de la marquesa de la mano cortada y Emilio culo gordo.  

En algunos momentos (ahora me doy cuenta de que solían suceder en el entorno familiar de mi madre) me avergonzaba de la profesión de mi padre hasta que comprendí que había aprendido a amar su quehacer y a ser un sastre orgulloso de su trabajo.  Aquello bastó para convertirle ante mis ojos en el sastrecillo valiente. Cierto es que se desmayaba ante la sangre, tampoco se  atrevía a montar muebles o arreglar enchufes, ni siquiera a colgar cuadros. También es cierto que prefería no enfrentarse a ciertas situaciones incómodas, huyendo o tapando el asunto con indolencia impropia de hombre serio.  A ratos se atoraba con los problemas y confieso las innumerables veces en que me pareció  un ser un tanto inútil.  Pero también es cierto que es la única persona que conozco que logró disfrutar la rutina de una profesión no elegida y regodearse en el presente con un valiente sentido del humor que conseguía minimizar hasta la casi total extinción lo negro de ser la anodina extensión de una vida heredada.

Ahora que puedo ver con distancia la vida de mis padres, empiezo a vislumbrar su otra gran valentía.

Mi padre, narrador romántico que era, nos contaba la historia de su gran amor, cómo se conocieron, cómo consiguió conquistar a mi madre y lo hacía con tanto orgullo. Unas veces añadía unos detalles, otras inventaba pequeños aderezos, y mi madre miraba de reojo levantado una ceja y soltando un rotundo -Rodolfo, no inventes-, a lo que él respondía -pero Marisol, no interrumpas ahora, yo sólo tomo prestadas ciertas licencias de narrador para aliñar un poco el relato -.

Así era mi madre. Dura, práctica, realista, una mujer con soluciones para casi todo. Excepto para el cáncer que la consumió. Cuando mi padre empezaba a dimensionar un problema mi madre ya lo había solucionado. Imposible reaccionar con la agilidad y la lógica de su mente inteligente, aguda. Nos criaba, estudiaba cursos de dibujo, cerámica, criminología, grafología. Aprobaba oposiciones, arreglaba enchufes, colgaba cuadros y cortinas, cocinaba, apadrinaba niños. Cosía manteles, heridas o disfraces. Trabajaba en los juzgados, abordaba barcos y levantaba cadáveres. Nos llevaba a urgencias. Nos curaba. Nos salvaba la vida una y otra vez. A todos. Excepto a sí misma. Era el eterno e incansable motor que nunca se estropea y nunca imaginamos que pudiera ocurrir. Menos aún mi padre. Él ni tan siquiera lo contemplaba.

Poco tenía mi madre que ver con el estereotipo de mujer de su época. No necesitaba la seguridad de un hombre, ni su protección. Tampoco requería palabras de amor. De hecho, le repelía el romanticismo blando. Nunca dijo te quiero. Era atrevida, distinta, misteriosa y contradictoria, caprichosa, hija de ricos burgueses de Don Ramón de la Cruz y él sólo era un condenado a sastre. Una imponente morena con mirada de gata, sonrisa de Audrey Hepburn y mejores piernas que Silvana Mangano. Con glamour de diva y seguridad de estrella, bella entre las bellas, decía. Y se casó conmigo, afirmaba, señalándose el pecho henchido de honra.

Fue una valentía decidir enamorar a una mujer así y convertir a la joya de una familia de cuna aristócrata en vulgar mujer de un sastre. Fue una valentía conseguir casarse con ella después de años entregado al juego de una  conquista que parecía imposible. Pero sólo él supo encontrar el talón de Aquiles. Sólo él acertó a descifrar el misterio de Marisol y desentrañar el laberinto que rodeaba su corazón. Hacerla reír, ese era el secreto de mi madre. Tan sencillo. Tan difícil.
Sólo quien consiguiera hacerla reír podía optar a enamorarla. Y ese fue mi padre. El sastrecillo valiente. El enamorado valiente.




N.A. Aún le doy vueltas al curioso dato de las fechas, un lejano 6/1/1966 mis padres se prometieron y como símbolo de amor se regalaron unas medallas de oro con nombre y fecha grabados. Mi padre siempre la llevaba colgada al cuello, Marisol, 6/1/1966. Mi madre sólo a ratos, cuando le combinaba con la ropa, Rodolfo, 6/1/1966. Cuarenta años después, el 6/1/2009, como si escribiese el final de su propio relato, con humor negro de autor irónico o con cierto toque de misterio quizá homenaje a Agatha Christie (su favorita para las tardes de playa), mi padre falleció con su medalla colgada al cuello, a la edad de 66 años. O tal vez sólo fuera su venganza contra adivinos, numerólogos y otras sectas, a quienes consideraba sanguijuelas de la desgracia.

20 comentarios:

  1. La verdad es que muchas cosas (carácteres, valentía, detalles, entrega...) sólo se empiezan a ver desde la distancia y da mucha rabia no haberlas visto antes y poder disfrutarlas como es debido.
    De todos modos, como dice una canción, "Nadie se va del todo..." y esas cosas quedan en algún lugar para disfrutarlas ahora.
    Pablo
    Me ha gustado mucho Elena. Enhorabuena.
    Pablo

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  2. Maravilloso. Es sin duda lo mejor que te he leido. No conocía el detalle de las fechas. Qué curiosa es la vida, y que suerte haber tenido un padre así. Hasta a mi me enamoró.
    Besazo Rita.

    La piernas.

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  3. Solo una historia real de amor de verdad puede convertirse en un relato tan emotivo.Nada como la realidad es mas bonito.La vida suele jugar a hacer carambolas con las fechas,cre,que es para marcar quien manda!. Gracias Elena por compartir parte de ti. Besos. Gemma

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  4. Gracias Elena.

    Creo que es una buena línea, que debes compartir aquella pasión por su Madrid, el Real Madrid, la elegancia con la que trabajaba o el orgullo de los suyos.

    Recuerdo con cariño cuando me casé que tuvo que coger los pantalones de mis hermanos de la sección Puskas, por el diámetro del muslo. O cómo me enteré de que cargamos cada uno para un lado o de los secretos del botón de sastre.
    De tu madre, nada más que no hayas dicho, recuerdo su belleza y aquel halo de misterio de la prima de mamá que interppretaba la letra.

    Palante!

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  5. Muy emotivo y lleno de cariño y admiración hacia tus padres. El Rodol fue mi primo del alma y aunque al principio se resistiere, creo que no erró en su camino y llegó con creces a superar al maestro. El fue más profesional y tenía muchísima simpatía y encanto para tratar a la gente. o le quise mucho y a tu madre la admiré por su valentía, su simpatía y su buen humor. Estarán juntos mirándonos a todos. A unos más que a otros. Sigue así. Soy Marinieves.

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  6. De la ternura y el recuerdo salen los mejores textos. El tiempo y el talento de narrar le da una dimensión a los seres queridos que los convierte en héroes literarios.
    Un saludo.

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  7. ¡Qué emotivo! Y está contado con tanta ternura...es grandioso.Un gran relato, de los que aconsejas a que lo lean y de los que los lees de vez en cuando para recordar esa ternura que está a su alrededor.Gracias por hacernos pasar unos buenos momentos leyendo tus relatos. Éste, lo guardaré siempre.

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    1. Gracias Mjo x leerme, x tus comentarios, x tu fidelidad. Bss.

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  8. Me ha encantado. Preciosa historia!! Enhorabuena Elena.
    Bs.


    Vivian

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  9. Muy bonito Elena,no tenía ni idea de que escribías y tenías un blog,desde ahora lo seguiré,parece mentira que estando al lado no conozcamos a las personas ni sus aficiones,ni sus vidas.

    Me encantó saber un poco más de tí y conocer ésta historia tan bonita de tu familia.Gracias por compartirla.

    besos,
    Dolores

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  10. teredeprada@hotmail.com25 de enero de 2012, 8:53

    Tu mirada es como la de tu madre y tus palabras como las de tu padre
    Eres una prolongación de ellos
    Viví y compartí en ocasiones su historia de amor ( como carabina)
    Estaban y estarían muy orgullosos de ti
    Te deseo lo mejor porque te lo mereces
    Con mucho cariño
    Tere

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  11. Muchas gracias Tere. Tus palabras me han emocionado.
    Besos a todos.

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  12. Elena, por fin he conseguido hacerme tu seguidora, aunque siempre lo he sido... Y sí, todo se mama (y en este caso la belleza también, por dentro y fuera).
    Es buenísimo, ya te lo dije...
    Es verdad que parece como si les conocieras incluso ahora mas que en vida, pero en realidad es la capacidad de análisis y empatía que uno logra sacar de dentro tras la consciencia de la pérdida de personas y momentos tan grandes.
    Siempre estuvo en tí,la grandeza de tus textos...
    Me encanta, y yo también agradezco los comentarios.
    Qué linda la tía Tere!
    Sigue así, polifacética hermana! Cómo puedes hacer taaaantas cosas??
    Te quiero.
    Sole.

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  13. ¡¡¡BRAVO!!! Maravilloso texto. Qué sensibilidad. No sabía que tu padre había fallecido. Sigue escribiendo amiga. Muchos besos de tu fiel lectora. Silvana

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    1. Silvana guapa, muchas gracias. ¿cómo va todo?Besazos.

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    2. muy bueno Rita, me ha gustado muchísimo. Un beso

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    3. Muchas gracias Amaya, tu opinión vale por dos como buena lectora que eres. Besitos y gracias por leerme.

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  14. No si al final vas a saber escribir. Preciosa historia, similar, aunque no igual, la que tu hija escribirá sobre ti. Un señor beso.

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  15. Hola Elena,
    Aunque con retraso he podido sacar tiemp para leer un poco más tus relatos..
    Me ha encantado la historia!!!. Escribes genial... fluidez de manatial..
    Un abrazo,
    Ana
    (Tarragona)

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