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viernes, 9 de noviembre de 2012

He descubierto América: los culos peludos no son inútiles.

En casa se ve el fútbol, juegue quien juegue, ya sea la Liga española, esa que ahora lleva nombre de banco - que no hay nada que su dinero corrupto no pueda comprar y quien diga lo contrario miente, sea de derechas o izquierdas, sindicalista o monárquico, (parece mentira pero alguno queda) -; pues eso, que en casa se ve el fútbol, en todas sus dimensiones, alevines incluidos si la rara ocasión se admite en pantalla. Pudiera ser motivo de divorcio teniendo en cuenta que solo hay un televisor. Pero fui inteligente y en lugar de discutir opté por aprovechar esas noches para retomar libros que años atrás devoraría en días, semanas máximo y ahora son casi eternos. No hay tiempo de leer. Sólo ese rato. Y cuando llega, la rotura física y mental es absoluta, aguantas unas líneas, la vista se emborrona, las letras bailan, el libro cae sobre tu pecho. Duras lo que un corte publicitario. Jamás pensé que la madurez se cobraría el placer de leer. De niña creía que los adultos leían mucho. Eso creía. Ingenua.

Pero el otro día, mientras mi marido veía orgulloso al Atlético de Simeone, casi diría que enamorado de Falcao, yo aproveché para sumergirme en la apasionante historia del Holocausto Español de Paul Preston, tumbada en el sofá, con mantas hasta la barbilla. Es un libro sembrado de datos, nombres, situaciones políticas complejas y requiere concentración. Escucho entonces un pitido, dos segundos y otro, ahora el ruidito de las teclas, otro pitido, más teclas, más pitidos, como si quisieran pisarse unos a otros en la loca carrera por desquiciarme. Levanto la vista de mi apasionante libro para observar cómo mi marido escribe whatsapp como un adolescente compulsivo.

-         Juanito, ¿qué haces? ¿No estás viendo el fútbol? Deja el puto teléfono tranquilo. (A las lectoras de Esther y su Mundo: Sí. Me casé con Juanito. Esther sigue soltera)

Me responde otro pitido, a continuación varios pitidos seguidos como si hasta sus colegas whatssapperos se estuvieran mofando de mí.

Llega el momento de llamarle Juan, ya no es Juanito.
-         Juan, por favor. Por lo menos siléncialo y no molestes.

Responde un escueto no sé cómo se hace sin levantar la vista de la pantalla del móvil. Sigue tecleando. Se ríe. Qué gracioso es el cabrón este, murmura. Al rato me levanto sin abrir la boca. Tiro las mantas sobre su mano, se le cae el móvil. Suelto una retahíla de amables comentarios, agarro su móvil como si fuera el rabo de un demonio y lo escondo en el lugar más insospechado de la casa.

Me voy al cuarto con el apasionante libro que posiblemente sea uno de los que se hagan eternos y termine de leer en otra vida, (a esas horas mi mente rota solo asimila novela negra, relato corto o una de esas obras delicatessen que no son fáciles de encontrar). Me tumbo, abro el libro, mi pecho se agita en un respirar entrecortado, las aletas de la nariz intentan inhalar el cabreo, veo palabras pero mi mente no lee, descuartiza lo que a mis ojos es una actitud egoísta, adjudica sinónimos a otros detalles desperdigados aquí y allá hasta agotar la memoria. La máquina femenina de pensar se pone en marcha. Se calienta. Estalla en una clara conclusión. Ingenua como de niña. Engañada siempre. Mujer estúpida. Culos peludos que se sientan en el sofá y abusan de la cuidada mentira con la que crecemos: pobres inútiles que no saben hacer dos cosas a la vez. No lo hacen aposta. No saben. Son inútiles. Eso te hacen creer, eso crees, eso creen sus madres y así les crían, como constreñidos que sólo pueden abarcar una única tarea. No les pidas más. Si quieres que su culo peludo se siente en un buen sofá en el trabajo no puedes distraerle con nada más, ni problemas, ni hijos, ni compras, ni colegios, ni casas que limpiar. Pobres, son limitados. Y así, cuando se concentran, ellos, que no saben, consiguen superar a la mujer incluso en su territorio y se convierten en genios de la cocina, la belleza o la moda.

Falacias. Saben. Pueden. Pero son más listos. Nos hacen creer lo contrario, nos tienen contentas porque asumen sin rechistar nuestra superioridad intelectual y emocional y mientras, nosotras asumimos lo que ellos, pobres culos peludos inútiles, no saben hacer. Y cuando nos damos la vuelta, imagino cómo se descojonan tocándose los huevos también peludos.

4 comentarios:

  1. hahaha,dios,es buenísimo...

    Nos educan para creer en el amor(los príncipes rescatadores de disney),para limpiar culos de niño (las muñecas),para que seamos excelentes cocineras (las cocinitas de juguete)para que el día de nuestra boda seamos las mujeres más dichosas del mundo (vestidos de Rosa Clará) en el día más féliz de nuestras vidas (da tristeza sólo de pensarlo)...lo que no nos cuentan es que el principe se acaba convirtiendo en el gordo panzón (y cabrón)que ve fútbol con una cerveza en la mano,que se rasca la calva con sus descuidadas uñas,ese mismo,que incapaz de admitir que el reflejo que le devuelve el espejo es él y que se atreve a hacernos de menos mientras mira a chiquillas que bien podrían ser sus hijas.No nos cuentan que nuestros hijos bien podrían acabar drogatas de barrio,preñadas de cualquier imbecil o similares lindezas,que la cocina acaba convirtiéndose en una obligación que acabas odiando cuando cada uno te pide una comida diferente,nadie quita la mesa y te enfrentas a pilares de platos amontonados en la fregaza,mientras miras el reloj de la cocina y acabas pensando que coño hiciste mal en tu vida.

    Además,el día de tu boda es un día que cualquiera disfruta menos tú,que estás tan nervioso que andas medio-ausente,preludio de lo que se acabará convirtiendo en una constante el resto de tu vida.

    Una mujer que ha probado en sus carnes la liberación que supone un divorcio,a poco que sea medianamente inteligente,no volverá a casarse jamás.Por más que el resto la tache de libertina,de guarra,de...que le importa a nadie lo que puedan decir,importa lo que pienses tú y cuando te descubres y te reencuentras contigo misma...ufff,ya no hay gordo cabrón (o proyecto de él) que te eche el lazo.

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  2. Hola Anónima, creo, por lo que dices. Gracias por leer, por participar en el blog y por tu tiempo. Y, totalmente de acuerdo contigo. Bss.

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  3. Creo sinceramente que a los chicos no nos da para tanto. No intentes crear superhombres donde no los hay. Sabemos hacer una sola cosa a la vez,... y eso es un dogma que se asienta en un principio universal que nadie jamás ha puesto en duda. Saludos!

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  4. Sonrío al leer tu comentario, pero te juro que yo lo he visto, eso sí, sólo cuando hay fútbol, ¿crees que será una mutación genética de los adictos al fútbol y al whatsApp? Gracias por leer. Abrazos

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