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lunes, 21 de enero de 2013

Que no cunda el pánico.

Estaba a punto de cerrar el ordenador para ir a buscar a la niña al colegio cuando leí un mail de Juanito, escueto y doloroso.
Ya es un hecho. La empresa cierra. Luego hablamos.
Dejó un trabajo estable por aquel arriesgado proyecto que apenas había durado cuatro meses. Sin opción a subsidio. Le llamé, quería consolarle, decirle que no pasaba nada, que entre los dos encontraríamos una solución, pero no me lo cogió. Que no cunda en pánico, pensé. Hice unos números rápidos. Apunté los gastos fijos y el extra irremediable del tabaco. Sin chica, sin cenas ni escapadas rurales ni cines ni cañas pero llegábamos a fin de mes. Intenté ser positiva. Ningún problema en renunciar a tiendas fashion, con algún básico y complementos de Blanco o H&M podría estirar el fondo de armario un par de años. Pediría consejo a Esther, tan ideal siempre con esos trapillos. Otra idealista, como Juanito. Si no quieres morirte de hambre no estudies Bellas Artes. A nivel artístico no le había ido mal. Varios premios. Exposiciones. Buenas críticas. Pero a nivel económico era una ruina. (Lo cierto es que sus cuadros tienen personalidad, son delicados, mágicos como ella. Y sí. Me daba envidia. Que Esther fuera artista y yo no es algo que no podía soportar. Y aquí estoy, escribiendo un blog)

Continué con el pensamiento positivo, de vacaciones en Grecia al camping en Portugal pero cuando llegué  al japo por la tortilla de patatas, ahí me dolió. Egoísta, me dije, pensando en comida mientras Juanito estará hundido. De momento era un consuelo saber que con el sueldo de jornada completa llegábamos. En ese punto de la reflexión fui consciente del significado de dos simples palabras. Jornada completa. Renunciar a la libertad de lunes a viernes, incluso algún sábado o domingo. Convivir con síntomas del preso del trabajo, malestar general, dolores crónicos: cabeza, espalda, ojos; apatía vital.

Pero yo lo tenía. Juanito no. El importante era él. No yo. Tendría que ser paciente, cariñosa, modular los niveles de exigencia. No iba a ser fácil asumir un golpe así, menos a esa edad jodida que avanza sin compasión hacia los 50 dándose cuenta que ha dedicado su vida entera a lo mismo. Que no sabe hacer otra cosa. No habla inglés. No es experto en nuevas tecnologías. Sólo cuenta con la experiencia y un umbral de sueldo difícil en los días que corren, que posiblemente no volverá a cobrar jamás.

Juanito me recibió con ese gesto de gato apaleado que busca una compañera que le cure las heridas. Aquella noche no vegetamos frente al televisor. Hablamos. Escarbamos hasta extraer el sentir del estómago. Curamos las heridas del silencio y nos acostamos pegados el uno al otro con la necesidad de sentir la otra piel que en algún momento te arrancaste a tiras.  Caricias, besos robados al sueño, un polvo intenso, reparador, casi quirúrgico que vuelve a implantar los trozos de la otra piel que ahora te necesita.

Me levanté sabiendo que yo podía con todo. Lo había hecho siempre y volvería a hacerlo. Tiraría del carro hasta perder el brazo. Sólo necesitaba la maldita jornada completa.

En el trabajo recibieron la propuesta como al hijo pródigo. En menos de una semana arreglaron los papeles, me habían endosado dos proyectos extra. Más el día a día. Las reuniones. Los cursos de formación. La trampa de un reloj sin hora límite.

Llegué a casa pasadas las once. Juanito veía el fútbol. Migas desperdigadas por la mesa y envoltorios abiertos de embutido. El salón olía a tabaco. No fumes aquí, dije. Le pregunté qué tal el día, y ¿la niña? Contestó un bien sin mirar, como si el televisor tuviese un poder inmovilizador sobre los músculos de su cuello. Y de su boca. Que se cerró para no volver a pronunciar palabra. Me recordé que tenía que tener paciencia. Pensé que aún estaría en shock. Me preparé un bocadillo y me dormí. Ese fue mi breve lapso de libertad.

Desde entonces los días llegan y se van como extensiones de la misma lluvia de gotas anodinas, todas iguales, resbalan por mi cuerpo sin dejar otra huella que sudor húmedo.  Pero lo peor no es el rapto de la libertad, ni la monotonía, ni ajustarme un cinturón que cada día aprieta más aunque consuma menos y peor. Ahora soy experta en productos marca blanca, paquetes oferta y envases ahorro.

Lo peor está en casa.

Cuando llego y veo la misma marca de chocolate en el parqué, polvo acumulado de jornadas vacías, una costra de grasa aferrada a los fogones, camas sin hacer, sábanas sin cambiar, juguetes esparcidos por el cuarto de la niña, ropa acumulada que nadie guarda en cajones. Como si mi casa hubiera decidido solidarizarse con el reguero de huelgas que conviven por todo el país.

Y Juanito en el sofá viendo partidos de fútbol, contestando whatsApps cual adolescente despreocupado o metido en Facebook como si allí habitase la única posibilidad de futuro. Ya no tiene excusas. Ya debería haberlo asumido, empezar a reaccionar y dejar de rascarse los huevos peludos con coartadas de depresión.

Cuando puedas limpias el baño y bajas estas cajas al trastero. Llevan aquí más de un mes. Y si no te importa recoges un poco el salón. ¿Vale? No me mira. No contesta.
Ya no es Juanito. Es Juan, ¿me has oído?
Sí ya he oído tus mandatos. Me sube una especie de humo negro que lo chamusca todo. Voy a la cocina y busco menú para la cena, otro para la comida del día siguiente. Corto cebolla como si fuese el cuello de Juan. Vuelvo al salón. Juan sigue en Facebook. La niña inicia su incesante mami tengo hambre, que tengo hambre mami. ¿Hoy que hay de cenar mamá?
Procuro no alterarme. No grito. No insulto. Sólo expongo lo evidente. A mí no me gusta organizar la vida de nadie. Pero en esta casa se convive y eso implica trabajo en equipo. Te pasas aquí el día entero y cuando llego agotada espero que haya salido de ti limpiar un poco, ordenar, hacer las camas. ¡Joder! Algo. Pero no. Lo que me encuentro es más mierda. Debería darte vergüenza. Me doy media vuelta y no digo nada más. Juan no contesta.

Cenamos sin hablar.                                                              

Al día siguiente puedo escaparme un poco antes. Me doy cuenta de que las cajas ya no están. El salón recogido. Ni rastro de la mancha de chocolate. Cada juguete en su cajón. Sábanas limpias. Camas hechas. Todo impoluto. Con la dedicación de una madre de antes.    
He de reconocer que cuando Juanito inicia una tarea lo convierte en misión, encomendándose a ella en cuerpo y alma como una hormiga incansable hasta que pule cada detalle, corrige cada imperfección. Desde el fútbol de los lunes hasta una noche de copas. La música. El trabajo, conducir, jugar con su hija.
Y a ratos, quererme.