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miércoles, 14 de mayo de 2014

El amor en los tiempos del fútbol

Cuando Juanito ve un partido de su Atlético no puedes hablarle. Tieso como un GeyperMan en alerta con atuendo rojiblanco. Sufre, se come la pantalla, mojando ganas de gol en cerveza y cigarrillos apresurados, discutiendo tácticas, cambios, picando a madridistas en el chat de whatsapp con los colegas adictos al balón. 
Me salió del alma.  
  • Confía, le dije, este año es del Cholo y del Atlético. Qué coñazo de duopolio, que dejen algo a los demás, en fútbol o en política, qué país limitado.  ¡A muerte con el Atlético! Y alcé el brazo como si fuese a participar en la batalla por la justicia universal.

Me observó un segundo, con la sonrisa prepotente de qué absurda eres y volvió a concentrarse en el juego, sin quitar los ojos de la pantalla ni los dedos del móvil.

A día de hoy, (aunque con esto del fútbol y el euro y los designios inescrutables de sus extraños paralelismos, nunca se sabe), mis augurios no van por mal camino, si a principio de temporada había dudas, ya no las hay, se lo merecen, no una u otra, las dos.  Con el presupuesto más bajo de los cuartos de la Champions, cuatro veces menos que sus dos rivales. En la  final de las dos batallas. Contra los dos equipos más ricos del mundo. Ricos frente a pobres, poderosos frente a luchadores, dinero frente a esfuerzo y por encima de todo, Cholo.  

Pero ya en semifinales los colores me delataron. Sol se tiraba en el sofá, celebrando con carcajadas en cadena la euforia de mamá. - ¿Mamá? ¿Por qué te pones tan loca? Cómo explicarle el placer de aplastar al Bayern, de mandar a Guardiola y a las juventudes merkelianas  y su soberbia a su puta casa. Cómo explicar a un ser diminuto que mayor es el placer de la venganza cuánto más humillas, cuánto más odias.  Disfruté con la victoria del Atlético frente al Barça  y pese a la empatía que profeso a los obreros del fútbol, he de admitir, que ni de lejos, como la del Madrid frente al Bayern. Aún saboreo el regusto a adrenalina de aquel día y me relamo.
  • La familia rojiblanca de viste y calza, go to Lisboa, le dije a Juanito tratando de borrar el color blanco.
  • Sin Sol, dijo.

Y nos dimos uno de esos besos que se cuelan por dentro y avivan las ganas. La fantasía voló a Lisboa e imaginé vivir la odisea rojiblanca en directo. Estar con Juanito en uno de los días más grandes de su vida. El estallido de ilusión. Un día así combate cientos de semanas de rutinas, niños, obligaciones, de ser padre y no pareja. Go to Lisboa, escribió Juanito en el whatsapp de sus colegas adictos al balón.

Al día siguiente me encomiendo, como el Atlético, sin tregua ni descanso, rastreo páginas, webs comparativas, campings y ofertas de última hora mientras escucho una vez, y otra, y otra, y hasta una cuarta el disco de The Farewell Drifters, la última adquisición de la colección de estúpidos cedés de Juanito, a sumar a los más de 5.000 que acumulan polvo en las interminables estanterías habilitadas por casa. Con lo bien que se escucha y lo poco que ocupa Spotify, coño. Por fin tengo la reserva hecha.  Pienso en el milagro de quedarme preñada la noche de la victoria, y me juro que si gana el Atlético, me preño y es niño, se llamará Diego.

Escucho la llave de la puerta. Juanito me da un beso huidizo, señal de que barrunta algo que no me va a gustar. Se quita la chaqueta, saluda a Sol. Nos veo en Lisboa, atuendo rojiblanco, aunque corro el riesgo de que en el campo los colores me puedan y sea la única atlética que se desgañita animando al Madrid. Decido esperar a acostar a Sol para contarle la sorpresa. Imagino el subidón que le voy a dar. La alegría descarta la mala impresión del beso huidizo y desconfío de mi hormona.

Empiezo la gestión diaria de cenas, tuppers  y meriendas de mañana. Canturreo el menú en soprano de andar por casa. Entonces se acerca, me mira de soslayo. Con la voz a rastras, como sin pilas, me dice que uno de los colegas adictos al balón tiene otro colega en Lisboa, que les deja la casa, va a ser una paliza, no hay sitio para todos, es mejor que sólo vayan ellos, los chicos, y… es posible que... Esther, aunque no es seguro, se apresura a aclarar. Y como en el cuento de la lechera que le leo a Sol, Lisboa, el disfraz rojiblanco, el hotel, la tripa para Diego, todo se desmorona con lento caer; sin embargo, veo nítido el beso de euforia, el momento más feliz de su vida, en sus labios, no en los míos.
La mayor alegría de Juanito, en su piel, entre sus pecas, y quien sabe dónde más si las copas y la alegría y el momento y el pasado y el presente, todo se junta en un coctel de euforia, debilidad, ganas contenidas y quién sabe qué más y quién quiere saberlo. Me veo inclinada en el hueco de la escalera, tirando su ropa metida en bolsas de basura como los personajes de Cuéntame.  


Cocino, ya en silencio. Conecto la radio para distraer la ira. Escucho las declaraciones de Rajoy ante la pregunta de la situación del país: el 2014 es mejor, dice. Cierto es que con final española lejos queda aquel abismo así en el euro como en el fútbol del 2013. Pero autónomos, curritos, jóvenes, universitarios, médicos, pacientes, profesores, y todos los escupidos por crisis de  bulimias macroeconómicas,  sólo divisamos brotes verdes en el campo de fútbol. Y no serán para todos. Anulo la reserva y por fin reacciono. Que le den por el culo peludo a Juanito, al Atlético y al Cholo. Como si en esta sociedad de a dedo importasen algo los méritos.

Me acerco a Juanito. Pobre iluso, le digo, será décima y será blanca. Te vas con cinco energúmenos del Madrid, y la sosa de Esther, que cuando acabe el partido dirá que le ha sentado mal la cena y a dormir. Lisboa va a estar tan abarrota que va a estar complicado encontrar dónde ver el partido como a ti te gusta, con tus pequeñas manías de cincuentón. Pero no te preocupes, cariño,  pese a las masas, a la derrota y a tus colegas madridistas, disfrutarás el viaje. Lisboa es una ciudad maravillosa.


3 comentarios:

  1. Pues tenías razón. Lisboa fue blanca y la décima se vino con nosotros. En el fondo, las mujeres contempláis esta pasión futbolera nuestra con cierta piadosa tolerancia, como se consiente a niños ruidosos que juegan disfrazados de indios y vaqueros.
    El amor en los tiempos del fútbol. Una vez tuve una novia que era del Barça. Cuando jugaba su maldito equipo se ponía una camiseta azulgrana y gritaba con fuerza sobrehumana para herirme la sensibilidad. Tan dulce y tan cruel.
    Tú y yo nos parecemos en el gusto por contar historias, a menudo sacadas de la realidad cotidiana, sin adornos ni retórica, pero sí con metáforas. Es la literatura que me gusta.
    PD. Muchas gracias por tu comentario a la historia del violonchelo. Desde mi encuentro con la Du Pré no me habían dicho nada tan bonito. Besos, escritora.

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  2. Ay Rita! que bien lo cuentas, y cómo te entiendo, solo nosotras sabemos lo que tenemos en casa, cuando el fútbol entra por la ventana... aun así, auguro que habrá mas besos de los que se cuelan por dentro ... mmmm...

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    1. GRACIAS Gema, cierto, sólo nosotras sabemos lo que tenemos en casa, a veces me pregunto si no será un balón de fútbol lo que tiene por corazón....agggg...

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