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lunes, 21 de noviembre de 2016

Un lugar en el cielo

A Matías Andrade

Ilustración by Gema EnRuta
Sigo observando mi trocito de cielo a través del descosido que terminará abriendo la tienda de campaña en dos, me mantengo a un palmo del profesor de Homs, si me descuido un poco otro desgraciado ocupará el hueco, por incómodo o húmedo que sea. Calculo las dimensiones de mi parcela celestial, podré llevarme una cama y una librería y hasta puede que me quepa un pequeño escritorio. Le pondré unas plantas, las flores me dan alergia y lo tendré bien limpito de nubes.

Relatos en cadena, concurso organizado por la cadena Ser y la Escuela de Escritores. La frase de inicio de los microcuentos será la última frase del texto ganador de la semana anterior. La extensión de los microrrelatos no podrá superar las cien palabras (sin incluir la frase de inicio) 



viernes, 18 de noviembre de 2016

Transformers

Ilustración by Berta Aguado
La camisa de seda, el pantalón de corte masculino, el zapato de charol abotonado, el bolso grande de marca donde mezclas la agenda electrónica, los sueños literarios y la merienda de Sol. Los labios rojos. El pelo recogido en un moño bajo, no tienes ni tiempo ni arte para alisarlo. Repasas la presentación mientras saboreas el café, disfrutando del único momento de soledad del día, despacio, prolongando los minutos de calma hasta que escuchas a Juanito caminar por el pasillo. Os cruzáis y te muerdes la lengua. Has aprendido a no dar los buenos días. A no preguntar qué tal has dormido. A esas horas el silencio es el único rincón donde evitar grietas casuales.
Asumes el atasco con cabreo sumiso y callado, como la última derrota de la izquierda,  con la ingravidez del imbécil que no entiende que sea el partido de la corruptonomía quien consiga sacar al gobiernonato de la incubadora.
Expones tranquila, argumentas las dudas del cliente con el aplomo de la experiencia. Comes en veinte minutos. Respondes un mail, otro, otro, otro. Calculas un presupuesto, avanzas la presentación de mañana. Necesitarías un par de horas más para terminarlo pero es el tiempo de Sol.
En la puerta del colegio te ves ridícula con tanto glamour. Pareces una señora que vive en Conde de Orgaz, o en el Viso, cuya sirvienta se ha sentido indispuesta y no ha podido ir esa tarde a por la niña. Pero eres otro tipo de madre. Tu hija va a un colegio público y vives en San Blas. (Sin que sirva de precedente confiesas que Juanito tenía razón). Ahora tienes puertas con picaporte y pestillo, ya no recurres a la silla para evitar entradas inoportunas de Sol cuando robáis sexo exprés a su dictadura filial y habéis conseguido erradicar los pelos de la gata en las sábanas. Incluso han terminado las discusiones con Juanito por el dominio del retrete, puede relajar su esfínter tanto tiempo como desee en su cuarto de baño; ahora tenéis otro baño de chicas. Y aunque se podría calificar al salón presidencial como lo mejor de la casa, ese elemento que otorga al piso una estrella más que al anterior no es otro que el de tener dos baños. Y aire acondicionado. En los tiempos del cambio climático puede suponer la única manera de sobrevivir a los 44 grados de calor adulterado.
En casa sustituyes el charol por las zapatillas, la camisa por la chaqueta raída y el pantalón de corte masculino por una malla de algodón. Abandonas la sonrisa de cliente enmarcada en rojo y adoptas el recogimiento de la paciencia, los deberes, el escuchar mamá unas quinientas cincuenta veces cada tarde. Te disfrazas de Peter Pan, viajas con Sol al centro de los cuentos, la risa te nace del estómago, rebota en las paredes del salón y pintáis las puertas de la casa con los colores del arco iris.
Ahora planificas dietas equilibradas. Preparas cenas y comidas del día siguiente. Lo compaginas todo con un trabajo indiferente a tu jornada laboral. Contestas un mail, otro, otro, otro, envías la petición urgente para ayer y te llama el cliente. Sol grita su interminable retahíla de mamás, le haces un gesto para que se calle y te contesta con un portazo que desconcha un trozo del verde del arco iris. Cierras la puerta del despacho mientras el cliente te pregunta si estás en la oficina. Retomas la sonrisa profesional, ahora difuminada en rojo descolorido de ama de casa, y mientes, no, no estás en la oficina, acabas de salir de una reunión. Mientes con la misma naturalidad con la que le respondías a las dudas de esta mañana. Te recuerdo que mentir perjudica a tu salud, afecta a tu autoestima y eleva los niveles de ansiedad. Rehaces la vigésimo novena versión del ejercicio de internacional. Revisas las previsiones y las envías. Tarde, como siempre.
Detrás de ti suena un estruendo que dispara el ritmo de tu corazón que ya de por sí deambula entre viajes de adrenalina y borracheras de estrés. Deberías tener en cuenta que el infarto se ha convertido en la primera causa de muerte entre las mujeres españolas. A tu espalda la estantería recién montada se parte en dos, se resquebraja como la izquierda y el PSOE.
Te miras al espejo. Los cabellos ordenados en el moño bajo de esta mañana se han disparado en una especie de pelusa frita. Los ojos caídos, llorosos de cortar cebolla. Y un dolor de cabeza tan intenso que te parece vislumbrar la hinchazón de tus sienes en la imagen que retiene el espejo. Te observas buscando a la mujer moderna y te encuentras un esperpento de igualdad y conciliación familiar, una mujer transformer que sobrevive a la falacia del sistema con disfraces y un poco de droga. Te tomas un espidifen y te fumas un cigarro suavemente aliñado.
Escuchas las llaves. Sol se abalanza al cuello de Juanito, papi, papi, ya estás aquí, y se revuelca de alegría, parece un cachorro recién adoptado. A ti te dirige un leve movimiento de cabeza. Le preguntas qué tal. Te contesta con monosílabos, molesto, como el adolescente que responde a la pesada de su madre cuando le pregunta cómo le ha ido en el instituto. Te sientes un mueble desorientado que no encuentra su sitio en el nuevo piso de San Blas. Esperas en el pasillo a que te pregunte por tu reunión, o que te diga que ha sacado 30 segundos para leer tu microrrelato de 100 palabras. Cuando te das cuenta Juanito ha cerrado la puerta del baño, su baño, y sabes que puede tardar todo el tiempo que quiera. Te has hinchado de apatía conyugal, ahora eres un globo, un globo pesado, sólido, alicatado a los muros del hogar  y le gritas a través de la puerta que la estantería se ha reventado. Te lo dije, le sueltas. Y le recuerdas que no tuvo razón en el empeño del bricolaje, que nunca se le ha dado bien descifrar el lenguaje imposible de las instrucciones, ni elegir el tornillo correcto. Ni a ti, ni a él. Pero tú lo sabes y lo asumes. Otros no. Continúas expulsando escupitajos de displicencia herida hasta que te vacías. Ya no eres un globo. No eres sólida. Eres el zumbido molesto de una pareja incómoda. Cualquier psicólogo te diría que lo peor que puedes hacer es soltar toda tu rabia y tus reproches ametrallando a tu pareja a bocajarro.   
Le dices a Juanito que se ocupe de que la niña cene, que vas a escribir. Te sueltas el pelo, colocas tus rizos en sintonía con tus sueños literarios.
Abres el archivo. Lees lo escrito. Eres consciente de la mierda que lees. Borras todo y sólo dejas el título. La página en blanco. Tu cabeza en blanco. Tus dedos en blanco, inmóviles en el teclado, quizá esperando la magia de la inspiración que hoy no susurra leyendas intemporales. Desistes y te centras en corregir y reescribir el último microrrelato. Planificas el calendario de contenidos del blog. Buscas información sobre editoriales para autores noveles, autoedición, crowdfunding. Vuelves al título, a la página en blanco, a los dedos inmóviles. Te levantas de nuevo. Aliñas otro cigarro. Cuando regresas al estudio observas la estantería reventada. Podría considerarse incluso una obra de arte, metáfora de consumismo estéril,  ironía de un saber que sí ocupa lugar.
Sus páginas te susurran la hazaña de Juanito y cuentan como por amor ha movido uno a uno los tomos de la enciclopedia interminable. Cuatro veces, libro a libro, peldaño a peldaño, de un piso sin ascensor a otro, hasta llegar a San Blas, donde sí tienes ascensor pero no hay sitio para la Espasa. Y otra vez, uno a uno, Juanito repite la hazaña y baja los tomos al trastero junto con los estúpidos cedés esperando inútilmente otra estantería que los adopte. Decides que ha sido ese despliegue de amor volcado en la Espasa lo que ha consumido los escasos recursos de Juanito en las cosas del querer. De repente la odias, la regalarías pero nadie la quiere, la quemarías, como libros prohibidos por la invasión tecnológica

9ª Entrega de "Los Mundos de Rita" by


lunes, 14 de noviembre de 2016

Al otro lado

A la abuela Sole
Ilustración by Gema EnRuta
Al otro lado de la ventana suceden cosas de otro mundo. Ayer mi hija Marisol besó a Paul Newman con devoción de amor platónico mientras su marido bailaba con Ava Gadner dejando caer las puntas de los dedos sobre el culo de la actriz. Maruja, tan puritana ella, se ciñó un sombrero con velo que le cubría medio rostro, entró a hurtadillas en el bingo de Alcalá y pidió dos cartones y coñac. Y hoy una morenaza de aúpa se pasea por la Gran Vía, abrazada a mi Manolo, enfundada en un abrigo de visón como el que el pobre hombre prometió regalarme antes de morir.

Relatos en cadena, concurso organizado por la cadena Ser y la Escuela de Escritores. La frase de inicio de los microcuentos será la última frase del texto ganador de la semana anterior. La extensión de los microrrelatos no podrá superar las cien palabras (sin incluir la frase de inicio)